Alejandro Magno, un emperador solitario

Alejandro III de Macedonia, más conocido como Alejandro Magno, nació en Pella (capital del Reino) el 20 de junio del año 356 a. C. y murió en Babilonia el 13 de junio del año 323 a. C., cuando regresaba de su larga campaña oriental que duró 12 años, en los que luchó con todos los pueblos que se encontró desde Egipto hasta el valle del Indo. Si las fechas que enmarcan su existencia se recuerdan con tanta exactitud, en una época en la que éstas son difíciles de precisar, es porque ha sido considerado por todas las generaciones como un héroe y un ser excepcional, uno de los grandes hombres de la Historia.

Asumió la herencia de Macedonia con 20 años. El joven se convertía en una persona madura que tenía que asumir los retos de su cargo. Su padre, Filipo II, lo había preparado con esmero para ocupar la más alta dignidad mediante la instrucción militar, el dominio del cuerpo y la formación humanística proporcionada por un gran pensador como fue Aristóteles, que se limitó a encauzar los impulsos de un genio con una disciplina mental que mantuvo durante gran parte de su vida.

Su padre siempre eligió a los mejores maestros. Aristóteles hizo de él un gran rey digno sucesor de su padre, incluso mejor que él, con el fin de engrandecer el Reino y proyectar su dominio hacia todo el mundo, concluyendo muchas de las iniciativas que Filipo II le habría relatado con entusiasmo y con una punzada de dolor, porque no tenía tiempo ni medios para realizarlas.

Un gran líder

Con 16 años comenzó a asumir responsabilidades de gobierno y dirección de los asuntos políticos de Macedonia, dirigiendo la caballería en la decisiva batalla de Queronea. Con 18 fue nombrado gobernador de la Tracia, donde desplegó sus grandes dotes de gobernante y se convirtió en un gran líder con características como la energía, la determinación, la claridad en el juicio, la sensibilidad, la ambición, la magnanimidad, la prudencia, la audacia, etc., que siempre le acompañaron en su vida hasta los últimos años, cuando desaparecieron. De su amplitud de miras nos queda un testimonio de Plutarco que cuenta que cuando Alejandro pudo dominar a un bravo y salvaje caballo al que llamó Bucéfalo, y su padre le dijo que “Macedonia es demasiado pequeña para ti”, le estaba indicando su destino y poniéndole en la pista para que alcanzara la gloria y la fama que a él se le negaba.

Tras el segundo matrimonio de Filipo, padre e hijo se distanciaron y tuvieron importantes diferencias sobre el orden de sucesión en el Reino y sobre la gobernación del mismo. Alejandro abandonó la Corte, pero poco antes de la muerte de Filipo se reconciliaron.

Subió al trono con 20 años, tras el asesinato de su padre. Según el testimonio de Arriano, alabó a su padre como restaurador y constructor del Reino:“Filipo os encontró como vagabundos y pobres, la mayoría de vosotros llevaba por vestidos pieles de ovejas, erais pastores de pequeños ganados en las montañas y sólo podíais oponer una muy escasa resistencia para defenderos de los ilirios, los tribalios y los tracios en vuestras fronteras. Él os dio capas en lugar de pieles de oveja y os trajo desde las cimas de las montañas a las llanuras, él hizo que presentarais batalla a los bárbaros que eran vecinos vuestros, de tal modo que ahora confiáis en vuestro propio coraje y no en las fortificaciones. Él os convirtió en moradores de ciudades y os civilizó merced al don de leyes excelentes y buenas costumbres”.

Estaba claro que él había heredado de su padre la ambición y, sobre todo, un ejército entrenado, aguerrido, fiel y disciplinado que estaba dispuesto a ir de la mano de su líder hasta el fin del mundo.

En todo cambio de titular de un Reino, algunas ciudades y territorios aprovechan para rebelarse contra el orden establecido. Alejandro sometió a Tesalia y destruyó Tebas para mostrar que no iba a consentir la disensión, sino que quería y exigía la unidad en la acción y en el ejercicio del poder par a realizar los proyectos a los que estaba destinado.

Buscó siempre la fuerza de la unión para realizar el sueño de su padre y de los griegos de la generación precedente: conquistar Persia y dominar todo el mundo oriental conocido.

El sueño paterno pesaba en su ánimo, quería liberar a los griegos sometidos al yugo de los reyes persas e incorporarlos al Reino de Macedonia. Diseñó una estrategia que mantuvo durante 12 años, en los que venció reiteradamente a Darío III, que en dos ocasiones le presentó batalla con ejércitos más numerosos y mejor armados, pero menos unidos y escasamente motivados, porque no tenían al frente un líder indiscutible y comprometido con ellos. La prueba fue que
cuando el rey persa se vio vencido, huyó dejando atrás sus armas, los símbolos de la realeza y a su propia familia, y fue asesinado por sus generale s, a quienes Alejandro persiguió y capturó para que pagaran su deslealtad.

La caída

Alejandro era un conquistador, pero no quería aparecer como tal, ni deseaba que los pueblos a los que iba venciendo lo vieran como un dominador, sino que quería ser visto como un rey de todos que gobernaba sobre una gran diversidad de razas y culturas. Quiso globalizar su empresa y sus conquistas y fomentó los matrimonios entre sus soldados y las mujeres de Oriente. Él mismo se casó con la princesa Roxana, de quien tuvo un hijo póstumo. Deseaba esta unión entre todos para formar un imperio global donde todos fueran iguales y súbditos de un mismo rey, un sueño que no alcanzó.

No toleró ningún ataque a la unidad de mando. Eliminó a todos aquellos que querían prescindir de la legalidad y de la legitimidad en el ejercicio del poder político, a todos los que provocaban desuniones y disensiones en el ejército o en el Reino, aunque fueran muy queridos y cercanos, como Filotas, Parmenión, Amintas, Calistines o Cleto, un general que luchó con su padre y al que asesinó porque puso en cuestión su honor y gloria. Luchar por mantener la unidad es legítimo, pero sin manifestaciones despóticas y arbitrariedad es.

Alejandro, cegado por su éxito, rodeado de la alabanza de todos, sin capacidad para advertir lo que sucedía a su alrededor, se consideró a sí mismo como un dios que exigía pleitesía y alabanza. En ese momento comenzó a tener una vida errática, a unque sus éxitos militares continuaban, y su ejército, cada vez más cansado de estar tanto ti empo fuera de Grecia y lejos de los suyos, se rebeló. Decidió enviar a los veteranos a Macedonia.

Rodeado de aduladores, de generales ambiciosos y enemigos ocultos, vivió los dos últimos años de una forma que podíamos llamar incongruente con s u vida y su formación. Efectivamente,había construido un imperio que abarcaba todo el Oriente conocido desde el Nilo al Indo, había entrado en la memoria de la Historia, era inmortal. Pero a la vez había abandonado los principios y los valores que le sirvieron de fundamento para construirlo. Despreció a los hombres que le ayudaron a recorrer el camino. No toleraba una crítica o una discrepancia que pusiera en cuestión su prestigio militar o político. Carecía de proyecto y de sueño. Dio la espalda a la trayectoria familiar y se debatió en dudas y temores.

Tenía casi 33 años cuando sus fieles soldados pasaron por última vez a verle en el lecho de muerte. El Gran Alejandro yacía en una cama lejos de su tierra, sin familia y sin amigos en los que descansar y confiar, consumido por las heridas de   uerra que otrora fueron signo de orgullo y distinción, carcomido por los temores a lo desconoc ido y sin sueño y proyecto de futuro. Murió como un héroe, pero su hijo, al poco de nacer, fue asesinado; su familia extinguida y su herencia estalló en mil pedazos quedando en manos de hábiles y ambiciosos generales. Desde entonces, nunca más se pudo unir un mundo tan diverso y tan complejo, porque faltó un verdadero líder.

En relación con la empresa familiar, Alejandro nos muestra que hay que saber poner límite al crecimiento, aunque éste pueda proporcionar una gloria o una fama ante otros, ésta siempre será efímera si el crecimiento nos domina, en lugar de dominarlo nosotros. La fidelidad a los principios y a los valores heredados de la familia y acrisolados en el ejercicio de la actividad profesional junto a los predecesores no se deben ol vidar, es más, son el fundamento de toda acción. Y en la empresa familiar hay que contar con el soporte, el aliento, la comprensión y la presencia de la familia, porque sin ella se cae en extravagancias y degeneraciones que amenazan la continuidad del negocio y de la familia.

Alejandro se fue convirtiendo en un ser solitario, dubitativo, temeroso y desconfiado porque su existencia se desarrolló de fuera hacia dentro; de vivir una vida proyectada al exterior, a una vida ensimismada y egocéntrica que lo arruinó como persona y como líder.

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