Aníbal, un general que perdió la fuerza interior

Aníbal Barca (247 a. C.) tenía seis años cuando Roma humilló a Cartago imponiéndole el tratado de paz de Lutacio, con el que se ponía fin a la Primera Guerra Púnica. El vencido debía entregar al vencedor los territorios que poseí a en Sicilia y Cerdeña y desmantelar la flota, su principal activo militar y económico, porque Cartago vivía del tráfico marítimo y de la industria.

Para compensar las pérdidas económicas y mantener la fuente de riqueza que suponía el comercio, su padre Almírcal, junto con su yerno Asdrúbal, orientaron sus esfuerzos hacia nuevos mercados situados en el sur de Iberia (actual España). Consiguieron mejorar la situación económica de Cartago mediante una sistemática y ordenada explotación de las ricas minas de plata y estaño, el mantenimiento de una excelente relación de amistad y de confianza con los pueblos íberos, y el restablecimiento de otras rutas comerciales situadas lejos del control de los romanos y que no entraban en competencia con sus intereses.

La formación de un líder

La formación de Aníbal fue esmerada y completa, tant o en el aprendizaje de las letras como el la destreza en el uso de las armas, en el combate y en la ejercitación del cuerpo para ser un buen soldado. Desde joven destacó por dos rasgos: inteligencia y astucia, que potenció al máximo para ir acumulando éxitos y saber sortear las dificultades. Almírcal, un excelente estratega, deseaba disponer de un ejército estable en Iberia. Como Cartago no puso a su disposición una flota, ni tampoco medios económicos para sufragar el traslado del ejército hasta su destino, decidió transportarlo por el norte de África hasta las Columnas de Hércules (actual estrecho de Gibraltar). Desde allí organizó una corta travesía con barcos. Fue el inventor del transporte regular. Aníbal pidió a su padre enrolarse en el ejército para comenzar la vida militar y política a la que estaba destinado. Su padre le puso una condición: jurar que nunca sería amigo de Roma y que manifestaría su odio perpetuo hacia lo romano. Así lo hizo, se marcó a luchar con su padre, y no volvió a Cartago hasta pasados más de treinta años.

El padre de Aníbal fue además su instructor en el arte militar sobre el terreno. Le enseñó a disponer el ejército en orden de batalla, a manejar sus distintos cuerpos, la secuencia que debía seguir en la batalla para hacer más eficientes a los soldados y los recursos materiales contra los enemigos. Le enseñó a no evidenciar el miedo ante sus su bordinados y a tomar decisiones sometido a presión; a pensar con claridad en momentos de gran adversidad; a dosificar el entusiasmo cuando llega el éxito. Aprendió todo y continuó su formación con Asdrúbal cuando su padre murió en el campo de batalla.

Pronto fue nombrado jefe de la caballería, donde mostró su sangre fría, valentía, arrojo, resistencia y su capacidad para ganarse la admiración, el respeto y el aprecio de sus soldados. A los 25 años asumió la jefatura de todo el ejército cartaginés en Iberia. Los viejos soldados que habían combatido junto a su padre, que lo habían visto crecer y madurar como militar y persona decían, según Tito Livio, que “a partir de su llegada a Hispania, Aníbal captó la atención de todos, lo consideraron como si fuera Almírcal en su juventud.Poseía el mismo fuego en la mirada. Su misma energía, gestos semejantes y valentía sin igual”. Todos al verle pensaron que era la reencarnación de la figura, las virtudes y los valores que adornaban a su progenitor. Volvían a tener un líder militar y político que garantizaba el éxito de las empresas cartaginesas.

Estrategia en el campo de batalla

Su primera idea fue no hostigar a su competidor, Roma, sino consolidar la parte de Iberia que los cartagineses habían conquistado y colonizado, que estab a constituida por los territorios situados al sur del Ebro, límite pactado en un tratado. Pero la provocación romana no tardó en llegar.

Se alió con Sagunto, una ciudad situada al sur de la división del tratado. La intransigencia de un gobierno de oligarcas de Cartago que no conocía sobre el terreno lo que sucedía en Iberia, unido al creciente prestigio militar de Aníbal, fueron motivos y excusas suficientes para que ambas potencias, que competían por la hegemonía del Mediterráneo y del mundo conocido, se declararan la guerra y comenzaran la conocida como Segunda Guerra Púnica. Se cumplía el sueño de un militar de cuerpo entero como Aníbal y la oportunidad de cumplir el juramento que realizó cuando era adolescente.

Ambas naciones rivalizaron en dos ámbitos: la estrategia militar y el campo de batalla. En ambas, Aníbal tomó delantera hasta que no supo qué hacer con su ejército, porque no tenía proyecto alguno, y dudó en qué metas debía empeñarse para alcanzar su destino, que era vencer a Roma. Diseñó un plan de ataque que favoreció sus intenciones: llevar la guerra al centro de Italia y no al mar, donde estaba en clara desventaja. Deseaba aprovechar todas sus fuerzas competitivas para vencer al adversario y, si era posible, en su mismo territorio, para acabar con él. Por otro lado, al seguir la difícil ruta continental iba entrando en contacto con pueblos enemigos de Roma que se fueron sumando a su ejército.

Pero antes de marchar sobre Roma distribuyó sus fuerzas. Aseguró las bases de operaciones y abastecimientos: Iberia y Cartago. En la primera dej ó una guarnición fenicia y libia; a la segunda envió a los íberos. Así los extranjeros no se corromperían por la connivencia con los ciudadanos. Y atravesó el sur de la Galia; los Alpes, donde sufrió grandes pérdidas y, por sorpresa, se plantó en el norte de la Península Itálica, donde venció v arias veces a un ejército romano más numeroso, mejor pertrechado y más disciplinado. Aníbal era un líder que exigía a sus soldados el máximo esfuerzo incluso en condiciones extremas. Sabía extraer de ellos lo mejor, porque él siempre les ofreció lo más excelente de sí mismo. Arengaba a sus tropas con discursos encendidos, motivadores y siempre mantuvo una estricta coherencia entre lo que decía y hacía.

Logró tener un auténtico ejército formado por una amalgama de etnias y de lenguas diferentes. A todos les inculcó el valor de la unidad en el comba te y el compromiso con sus compañeros en los duros enfrentamientos con el enemigo. Sus batallas de Trebia, Trasimeno y Cannas se estudiaron durante años en las escuelas de formación militar como ejemplos de los que había que aprender. Aníbal era un general y un excelente estratega que estudiaba con su equipo de colaboradores cada uno de los enfrentamientos de forma minuciosa. Los romanos fallaron en la valoración del potencial de su enemigo. Sus éxitos militares provocaban adhesiones a su persona y su ejército, a la vez que mermaba a el prestigio y el poder de Roma sobre los pueblos sometidos.

Exceso de confianza

Pero no todo fueron virtudes. El éxito le llevó a confiar demasiado en su capacidad y su fama, que generaba entusiasmo entre otros pueblos, le llevó a sentirse capaz de todo. Su fuerza interior se fue desvaneciendo. El orgullo le cegó y no supo aprovechar sus victorias para conseguir doblegar y someter al competidor y enemigo. Tito Livio lo expresó con rotundidad: “los dioses son caprichosos y no han concedido a un mismo hombre todos sus dones. Aníbal sabía vencer, pero no sabía aprovecharse de la victoria”. Su educación era unilateral y ganaba las guerras, pero no sabía negociar en tiempos de paz; era un guerrero, no un administrador. Era un general que se ponía al frente del ejército, pero no sabía organizar un espacio político en situación de tranquilidad, de paz.

Sin saber aprovechar sus oportunidades, perdiendo las cualidades y las virtudes que lo convirtieron en líder invencible, lleno de dudas e incapaz de decidirse por una estrategia que acabara con Roma de forma definitiva, sesteó por la Península Itálica durante dieciséis años, dejando en cada metro de los caminos jirones de su prestigio y permitiendo con su indecisión y falta de proyecto que el desaliento se apoderara de un ejército que otrora le siguió con los ojos cerrados y que era imbatible. Finalmente, se vio obligado a volver a Cartago treinta años después de su salida como niño- soldado de la mano de su padre. Allí, en desventaja y sin el apoyo que se presta a un general victorioso, perdió la decisiva batalla de Zama, que echó por tierra el poder de Cartago, y afianzó el indiscutible dominio de Roma sobre su pueblo. Pero lo peor es que el competidor se convirtió en vencedor y se preparó para proyectar su dominio sobre todo el mundo conocido. Roma aprovechó la oportunidad que él no supo explotar cuando la tuvo al alcance de la mano.

Aníbal fue un gran líder militar, pero un genio independiente. Contó con los suyos, pero asumió siempre toda la responsabilidad. No logró sacar rendimiento a las victorias, comenzó a no saber cuáles eran sus oportunidades y posibilidades, y finalmente perdió todas las ocasiones de conseguir una victoria aplastante que acabara con el rival y competidor.
Por otro lado, siempre consideró que los fines justifica n los medios, es decir, usaba medios desproporcionados para conseguir sus objetivos, sometiendo a sus subordinados a unas exigencias que sobrepasaban lo razonable. No vio límites, pero tampoco encontró el equilibrio. Y fue perdiendo su fama cada vez que dudaba, cayendo en una inactividad patológica, provocando errores que hundieron a Cartago, y le condujeron a su ruina como persona y como general. Su vida terminó siendo errante y acabó alquilando su gen io al mejor postor.

Es significativo el epitafio de su tumba, según Aurelio Víctor: “aquí se esconde Aníbal”. Se ocultó de un mundo que no supo comprender porque le faltó prudencia para considerar la realidad tal cual es, veracidad para no engañarse y engañar a los suyos y valentía para tomar las decisiones necesarias que le condujeran al éxito. Era un luchador incapaz de vivir en tiempos de paz. Su horizonte era el campo de batalla y su fin demostrar su destreza liderando un ejército. Pero así no se construye, se destruye y se arruina la vida propi a y la de los demás.

Salvador Rus, Profesor de Historia del Pensamiento y Director de la Cátedra de Empresa Familiar de la Universidad de León.

Un comentario

  • TORIBIO

    TORIBIO dice:

    Este es un buen artículo . Un saludo.

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