Alfonso X el Sabio. Un rey preocupado por la cultura y la política

(Toledo, 23 de noviembre de 1221 — Sevilla, 4 de abril de 1284)

Alfonso X, apodado ‘El Sabio’, es más conocido por su decisiva aportación a la cultura española que por su reinado, que se vio oscurecido por el fracaso de sus aspiraciones a ser coronado Emperador, la rebelión de la nobleza y de algunas ciudades, y la oposición de su hijo Sancho a que se cumplieran las previsiones sucesorias.

En su General estoria, un texto compilado por él mismo, se nota una cierta nostalgia de la figura y de la obra de Alejandro Magno. Se puede decir que los hechos de “Alexandre con su hueste” parece que inspiraron la vida de Alfonso X, un rey que tenía pretensiones imperiales y a la vez volcado en el mundo de la cultura. Su reinado presentó una doble vertiente en la que se alternan éxitos espectaculares en las letras y las armas, así como algunas frustraciones y fracasos políticos.

Alfonso X fue hijo de Fernando III el Santo y de la alemana Beatriz de Suabia, de la familia Staufen. Completó el dominio cristiano en el valle del Guadalquivir incorporando a sus reinos las actuales provincias de Cádiz y Huelva. Al mismo tiempo puso en marcha el proceso repoblador de Sevilla, que fue el centro del poder de los almohades en al-Andalus.

Siendo infante, logró la incorporación del reino taifa de Murcia al ámbito castellano. En 1243 presidió una embajada castellano-leonesa que consiguió firmar en el Alcázar un pacto que localidades como Cartagena, Lorca y Mula no aceptaron, por lo que Alfonso tuvo que intervenir militarmente entre los años 1244 y 1245. Finalmente, incorporó el reino de Murcia a los reinos de la corona de Castilla y León.

Fomento y desarrollo de la lengua castellana

Como se ha dicho, Alfonso X alcanzó una gran fama como fomentador y artífice de múltiples actividades culturales. Decidió que la lengua castellana se convirtiera en el idioma oficial de la cancillería regia y mandó traducir libros a esta lengua en la Escuela de Traductores de Toledo. Pero lo más destacado son el conjunto de obras que elaboró en el transcurso de aquellos años. En el ámbito jurídico vieron la luz tres grandes libros: el Fuero real, el Espéculo y las Siete Partidas. También se le atribuye al rey Sabio la elaboración de una historia universal, la denominada Grande e general estoria y, sobre todo, de un texto relativo al pasado histórico español, la Estoria de España.

En el campo de la poesía nos ha dejado las Cantigas, obra escrita en lengua gallega. Tampoco se pueden olvidar las Tablas astronómicas alfonsíes, así como la actividad desplegada por el rey en el campo de los juegos, de la música y de las artes plásticas.

Alfonso X fue, por tanto, un monarca que protagonizó e impulsó un gran número de proyectos culturales a lo largo de su reinado, y en campos tan diversos como el derecho, las ciencias, la historia, la música, la poesía, la lengua castellana, etc. que con él alcanzaron su mayoría de edad las artes plásticas y hasta la misma arquitectura.

El rey Sabio comprendió que la lengua y el derecho eran los dos pilares básicos sobre los que tenía que asentar sus reformas culturales y políticas. Impulsó la traducción de textos del latín, árabe y hebreo, renovó la ortografía y el léxico, al mismo tiempo que llevaba a cabo una empresa importantísima: compilar las leyes en un solo texto.

En su labor en la corrección y consolidación del castellano como lengua del reino, el rey se rodeó de ‘emendadores’ del lenguaje, cuyo propósito era hacer una reforma definitiva por la cual «tolló la razones que entendió eran sobejanas et dobladas et que non eran en castellano derecho, et puso las otras que entendió que complían; en cuanto en el lenguaje, enderçólo el por sise», como se dice en el Libro de la ochava espera. Y en el derecho también se notó la fijación del lenguaje y los conceptos jurídicos, que serían la base de los ordenamientos legislativos de la posteridad y del aprendizaje del derecho.

Problemas y obstáculos en el reinado

Alfonso X fue rey de Castilla entre los años 1252 y 1284. Durante estas más de tres décadas, en algunos momentos y en algunos asuntos se encontró con serios obstáculos. Por ejemplo, la revuelta mudéjar en tierras de Andalucía en el año 1264, su fallida o frustrada aspiración a ser coronado Emperador de Alemania, la pugna que mantuvo, en sus últimos años de reinado, con la nobleza y con algunas ciudades y, por último y no menos importante, el problema sucesorio que le llevó a enfrentarse con su segundo hijo, el futuro Sancho IV.

En el año 1264 tuvo lugar, tanto en Andalucía como en Murcia, una sublevación de la población mudéjar, que contó con el apoyo del rey nazarí de Granada. En Murcia arregló la situación con la ayuda de su suegro, Jaime I de Aragón. Una vez se rindió la ciudad, en 1266, dejó que los mudéjares siguieran viviendo en la región.

Muy diferente fue lo que sucedió en el valle del Guadalquivir. Los núcleos esenciales de la revuelta mudéjar pertenecían a poblaciones de la actual provincia de Cádiz (Jerez, Arcos, Lebrija, Vejer, Rota, Sanlúcar y Medina Sidonia). Lo más llamativo fue la reacción del rey al terminar la campaña en 1266, una vez aplastada la revuelta: Alfonso X decretó la expulsión de los mudéjares de algunos territorios. Unos se marcharon al reino de Granada, otros cruzaron el estrecho de Gibraltar y se asentaron en África. Esto provocó una cierta despoblación en la zona próxima a la frontera del reino nazarí de Granada.

La frustración del Imperio

El rey Alfonso X era hijo de una alemana ligada a la familia de los Staufen. Llegó a ser proclamado emperador de Alemania, si bien nunca fue coronado como tal. Este es, sin duda alguna, uno de los problemas más controvertidos de su reinado.

La muerte del Emperador Federico II en el 1250 abrió la pugna por la dignidad imperial entre Conrado IV y Guillermo de Holanda. Ahora bien, una vez desaparecidos ambos, el Imperio volvió a estar vacante. Ese mismo año se desplazó hasta la Corona de Castilla una embajada de Pisa para proponer a Alfonso X que presentara su candidatura. La petición fue bien recibida por el rey, que pensaba construir un Imperio mediterráneo, dando continuidad a la política seguida por Federico II, miembro de la familia de su madre.

El título imperial se dirimió con otro candidato, el inglés Ricardo de Cornualles. Alfonso fue elegido en Frankfurt el día 1 de abril, gracias al apoyo del arzobispo de Tréveris, el duque de Sajonia, el margrave de Brandeburgo y el rey de Bohemia. Alfonso pensó en trasladarse cuanto antes a Alemania para tomar posesión del Imperio, pero el asunto se demoró y el rey esperó inútilmente año tras año su coronación como emperador. En el año 1260 reunió las Cortes en Toledo para conseguir fondos que sirvieran para hacer frente a los costosos gastos del llamado «fecho del Imperio». Ninguno de los nuevos pontífices le dio posesión de la dignidad, e incluso el Papa Clemente IV intentó convencer a Alfonso X para que renunciara a sus aspiraciones imperiales. Sin embargo, en los primeros años de la década de 1270 el rey volvió a luchar otra vez para conseguir ser coronado. Pero la ilusión se desvaneció cuando en el mes de octubre de 1273 fue elegido nuevo emperador Rodolfo de Habsburgo. Alfonso X vio cómo desaparecían todas sus oportunidades para conseguir ceñirse la corona imperial.

Finalmente, en 1275 renunció al título imperial. Fueron casi veinte años intentando asentarse al frente del Imperio, lo que derivó en elevados costos para sus súbditos castellanos y leoneses.

La lucha por la unidad del reino

Alfonso X llevó a cabo durante su reinado una destacada labor política, sin duda al servicio del fortalecimiento del poder monárquico. Los llamados ‘ricos hombres’ de Castilla y león, es decir, la alta nobleza, no vieron con buenos ojos esta forma de gobernar. Así se explica que se fuera formando una conjura contra él.

A comienzos de 1271 se reunieron en Lerma algunos de los más importantes nobles del reino, entre ellos Nuño González de Lara, que había sido en el pasado un fiel colaborador del rey Sabio. También parece que asistieron a aquella reunión algunos representantes de varias ciudades y villas. Los participantes en la reunión de Lerma protestaban contra los tributos extraordinarios que solicitaba Alfonso X en las Cortes, al tiempo que se quejaban de la forma de actuar de los agentes reales y otros funcionarios.

El rey intentó pactar con los nobles rebeldes y al final alcanzó un acuerdo con ellos en Almagro, en 1273. En este caso, la intervención de su mujer, la reina Violante, hija del rey Jaime I de Aragón, fue decisiva.
También tuvo problemas con las ciudades y las villas. Sin duda alguna Alfonso X intervino de forma muy activa en la vida de diversos municipios, en particular en los de las tierras recién incorporadas de Andalucía y Murcia. Todo obedecía al propósito de contar con el apoyo de las oligarquías urbanas, es decir, los grupos dominantes de las ciudades y villas.

Por otra parte, Alfonso X pretendió implantar en el conjunto de sus reinos el denominado Fuero Real. De esta forma pretendía avanzar en el camino de la homogeneización jurídica de sus reinos. Así, el rey creó una nueva ley municipal común. Ahora bien, en 1272, junto con la actitud de la nobleza, diversos municipios que gozaban desde tiempos remotos de fueros propios rechazaron el Fuero Real. La localidad de Baeza, por ejemplo, decidió a comienzos del 1273 volver a regirse por el Fuero de Cuenca, que le había sido otorgado años atrás a raíz de su conquista por las tropas castellanas.

Es posible que, al mismo tiempo, hubiera una actitud claramente negativa en diversos núcleos urbanos de Castilla y León, tanto por la creciente presión fiscal a que Alfonso X sometía a sus súbditos, como por la incesante carestía de la vida y la constante alza de precios. De esta manera, el deseo del rey de lograr una homogenización jurídica de los municipios y de sus reinos se vino totalmente abajo, generando otra frustración más en el monarca.

El problema sucesorio

El final del reinado de Alfonso X fue de suma dureza. En principio, la sucesión al trono correspondía al primogénito del monarca, es decir, a Fernando, llamado el de la Cerda. Pero en 1275 el infante falleció. A tenor de los principios heredados del derecho romano, la sucesión recaería en los sucesores del primogénito. Esos hijos de don Fernando son conocidos como los infantes de la Cerda, a los que apoyaba de forma directa la reina Violante. Pero Sancho, segundo hijo del rey, también reivindicaba para él la sucesión al trono de Castilla y León.

Así las cosas, en 1282 estalló una auténtica guerra civil entre Alfonso X y su hijo Sancho, el futuro Sancho IV el Bravo. En abril de ese mismo año, el infante Sancho convocó unas Cortes en Valladolid en las que se tomó la decisión de deponer a Alfonso X. Al parecer, del lado de Sancho se encontraban importantes sectores de la nobleza, el clero y los concejos de los reinos de Castilla y León. Hubo algunos intentos de alcanzar un acuerdo entre el rey Alfonso X y su hijo, pero a la postre el rey terminó por declarar a Sancho infame y traidor.

Alfonso X el Sabio murió el 4 de abril de 1384 y fue enterrado en la iglesia de Santa María de Sevilla, «cerca del rey don Fernando, su padre, é de la reina doña Beatriz, su madre». Lógicamente, Sancho IV se proclamó rey de Castilla y León, aunque en los años de su reinado tendría que luchar contra los infantes de la Cerda, que reclamaban sus derechos al trono.

Las lecciones de un rey Sabio

El reinado de Alfonso X es juzgado por tres hechos que lo marcaron y de los que las familias empresarias pueden aprender mucho. El primero, el fracaso por no poder ceñirse la corona Imperial muestra con toda claridad que o bien no calculó bien sus fuerzas, porque la dignidad le superaba, o bien esa no era la forma más adecuada de ampliar el reino y su influencia. En cualquier caso, el error se saldó como una pérdida de dignidad y prestigio del rey y del reino y, al mismo tiempo, se utilizaron cuantiosos recursos que no sirvieron para conseguir el objetivo fijado. Es decir, se perdió cuota de mercado y, además, se incurrieron en grandes pérdidas que empobrecieron al reino y a sus posibilidades de expansión.

Segundo, el intento de imponer una unidad jurídica y política, sin contar con la opinión y pasando por encima del deseo de los súbditos, generó una serie de revueltas internas que debilitaron mucho al reino y lo pusieron en peligro frente a sus enemigos. Es decir, la falta de unidad genera en la empresa familiar una ausencia de compromiso y quiebra cualquier otra posibilidad de conseguir realizar planes conjuntos que engrandezcan la empresa y beneficien a la familia. La desunión destruye tanto a la empresa como a la familia empresaria. Es algo que no se puede permitir y que hay que luchar para evitar que aparezca en la vida y en el ciclo de evolución de las empresas familiares.

Tercero, el problema de la sucesión. El rey Alfonso X no supo imponer, o no logró un acuerdo entre los sucesores del primogénito y el infante Sancho, segundo hijo del rey. Esto generó que los derechos pasasen al citado Sancho, quizá de forma ilegal e ilegítima, lo que provocó una auténtica guerra civil en la que una parte de la familia se impuso a la otra por la fuerza, sin más argumentos que el poder contante y sonante que otorga un ejército más numeroso y mejor pertrechado.

Al final, el rey Alfonso X el Sabio, hombre excelentemente preparado para gobernar y conseguir afianzar el avance de la Reconquista, se encontró con tres hechos que casi llegaron a esterilizar toda su acción de gobierno, y que lograron poner en serias dificultades la continuidad dinástica de la corona de Castilla y León. Este ejemplo nos muestra que si bien la formación es necesaria para asumir los cargos de responsabilidad en las empresas familiares, también son indispensables una serie de cualidades que ayuden al mejor y más adecuado gobierno de las familias y de las empresas.

Salvador Rus, Profesor de Historia del Pensamiento y Director de la Cátedra de Empresa Familiar de la Universidad de León.

Un comentario

  • Cristina

    Cristina dice:

    ¿El rey Alfonso implanto la norma toledana?

    Responder

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