Carlomagno: la unidad en la diversidad

Carlos I el Grande, llamado Carlomagno, no es seguro, pero parece que nació un 2 de abril de 742 y murió un 28 de enero de 814. Fue rey de los francos desde 768 hasta su muerte, es decir, que gobernó durante 46 años. Se le recuerda como el primer precursor de la unidad europea, porque convirtió la mayor parte del viejo continente en dominio suyo, gracias a las conquistas que realizó al frente de su ejército.

Expandió los distintos reinos francos hasta transformarlos en un Imperio. Conquistó Italia y fue coronado Imperator Augustus por el Papa León III el día de Navidad, 25 de diciembre del año 800, en Roma. Con esta solemne ceremonia de coronación, el Papa mostraba que tenía un sucesor al Imperio Bizantino como protector de la cristiandad.

Durante su reinado se produjo el llamado renacimiento carolingio, un intento de renovar y conservar la cultura y el arte latinos a través del Emperador, una iniciativa que consiguió atraer a la Corte de Aquisgrán a un buen número de sabios del momento.

Por medio de sus conquistas en el extranjero y sus reformas internas, Carlomagno sentó las bases de lo que sería Europa Occidental en la Edad Media, en las monarquías francesa, alemana y en la restauración del Sacro Imperio Romano, que gobernó con el nombre de Carlos I.

Durante su largo y fecundo reinado movilizó al ejército casi todos los años. No hubo prácticamente un territorio que conociera una paz prolongada. ¿Por qué tantas guerras y campañas militares? Porque obedecía una concepción de la política. El ascenso de su dinastía se fundamentó en la fidelidad sin fisuras de la aristocracia, cuya unión en torno a la figura del rey descansaba sobre los beneficios que recibía en forma de tierras, cargos y otros dones. Conquistar territorios nuevos era una forma de recompensar a la nobleza y a los soldados. Por ejemplo, Carlomagno compartió con ellos el tesoro del rey lombardo Desiderio y las riquezas amasadas por los ávaros, que fueron transportadas a Aquisgrán en quince carros. Por otra parte, la primera función de un rey germánico era la de dirigir la guerra. Precisamente porque los últimos reyes merovingios dejaron esta función en manos de sus mayordomos de palacio, fueron suplantados por éstos. El padre de Carlomagno, Pipino el Breve, fue proclamado y ungido por el Papa como el primer rey de los francos sustituyendo a la monarquía de “reyes holgazanes”.

Carlomagno tuvo muchos enemigos, a los que combatió y venció en diferentes campañas: eslavos, sajones, bretones, vascones, musulmanes, lombardos, bávaros y ávaros. Todos ellos amenazaban la integridad del imperio y su posición hegemónica, pero ninguno pudo con él. Hay que decir que cada ampliación del imperio traía consigo el germen de nuevos enfrentamientos. Sus éxitos fueron reconocidos, como se ha dicho, con la dignidad imperial.

Una gran capacidad de liderazgo

El emperador, desde joven, incluso cuando no llegabaa los treinta, supo ejercer el liderazgo entre la nobleza del reino y de los obispos. Le ayudó su estatura: 1,92 m., un verdadero gigante para la época, y su habilidad para planear las campañas militares, sus tácticas en las batallas y su porte magnífico, que infundía miedo y temor.

A su habilidad como jefe de un ejército, se sumaba una cualidad fundamental para aquel que deseaba constituir y asentar un imperio agregando nuevos territorios conquistados: la paciencia para someter a un reino o un pueblo cuando necesitaba más de una campaña para conquistarlos, por ejemplo, contra los lombardos y los sajones. Una vez reducido un pueblo, no soportó nunca ataques contra la unidad de su poder, tomando medidas a veces muy drásticas como las deportaciones masivas. Pero, otras veces, sabía atraer a la nobleza para integrar el reino. En el vasto imperio que se extendía entre el Rin y el Loira, incorporó hacia el sur Aquitania, España hasta el Ebro, Borgoña, Alamannia (la Alemania del Sur entre el Lech, el Main y el Rin), Turinga y Baviera, los territorios de los sajones entre el Rin y el Weser, la Lombardía que abarcaba toda la Italia septentrional y central, y llegó a dominar por el Este hasta la llanura de Panonia y por el norte hasta la Marca Danesa. Es decir, toda Europa Central y gran parte de la Oriental hasta la actual frontera rusa, creando un mosaico de pueblos unidos por un poder que supo ordenar de forma racional, manteniendo la diversidad en una unidad indestructible.

Una cualidad por la que Carlomagno sobresalió fue su tenacidad en la persecución de los objetivos, como por ejemplo en las campañas en la Lombardía o en España, donde tuvo dificultades importantes para conquistar poblaciones fuertemente fortificadas y no cejó en su empeño hasta conseguirla. Esa tenacidad también le llevó a aprender a hablar, escribir y leer latín, y a comprender el griego para mostrarse como un rey capaz de asumir el legado de la cultura clásica y, como se ha dicho, rescatarla del olvido. Eginhardo elogia sus cualidades: “sabiendo muy bien cómo afrontar y sostener cada situación según las circunstancias, no cedía en la adversidad, ni se dejaba llevar en la prosperidad por el falso halago de la fortuna”.

Como militar entendió bien cuáles eran los puntos débiles de un imperio tan extenso basado en el poder de un ejército: la intendencia y la logística. Fue consciente de que no podía poner en pie un gran ejército sin asegurar el avituallamiento de las tropas durante largas campañas, porque de lo contrario el ejército se desmembraría. Para hacernos una idea, un ejército compuesto por  10.000 hombres, con 3.000 de ellos a caballo, necesitaba para su avituallamiento durante una campaña de tres meses 6.000 carros tirados por 12.000 bueyes. Por eso, su capacidad estratégica le llevó a tener que dividir su ejército en más de una ocasión en dos y hasta tres cuerpos diferentes, como se narra en la Canción de Rolando y también en la conquista del territorio de los ávaros.

Carlomagno también se distingue por ser muy calculador. Así, la planificación precisa de la logística le permitió reunir y lanzar sobre los territorios enemigos ejércitos muy superiores, bien alimentados y pertrechados, lo que junto con la calidad de la caballería, le condujo a la victoria en muchas batallas. Un ejemplo, de esta capacidad es el canal que construyó para unir las cuencas del Rin y del Danubio para facilitar el aprovisionamiento del ejército. El imperio de Carlomagno mantuvo una continua expansión desde el principio y llegó a abarcar un extenso territorio diverso, pero unido bajo un mismo monarca, que era el que gracias a la fidelidad de sus colaboradores, nobles, etc. lo estructuraba y le otorgaba unidad. Pero eso no generó una organización política que pudiera subsistir por sí misma a las amenazas que se cernían sobre el imperio.

Mientras Carlomagno vivió, su extraordinario y bien ganado prestigio, su mano firme, su férrea y tenaz voluntad, y los beneficios que reportaban a la nobleza las conquistas territoriales, hicieron que se le obedeciera por encima de las tentaciones de desintegración que amenazaban su unidad.
Ya en vida de Carlomagno se produjo un hecho que amenazó la integridad y unidad del imperio. En el verano del año 807 se presentaron a la asamblea muy pocos de los señores y guerreros de los convocados y, por primera vez, la asamblea no pudo realizarse. Fue un hecho sin precedentes. Carlomagno lo interpretó como una rebelión a su autoridad, envió a sus missi, legados con amplios poderes, a investigar cada condado y castigó esa creciente deserción.

Lecciones para la empresa familiar

La enseñanza de Carlomagno para la empresa familiar es la siguiente: fue capaz de generar la unidad en territorios muy dispersos, formando un Imperio fuerte, cohesionado y con capacidad para imponer su poder y hegemonía a todos sus potenciales enemigos. Su error fue basar esa unidad y el compromiso de sus colaboradores en la fidelidad a su persona y no a la institución real e imperial, que se mantenía siempre que esas personas vieran incrementadas sus haciendas y riquezas. Es decir, la fidelidad se fundamentaba en lo cuantitativo y no en lo cualitativo, en el bien que podía reportarles y no en la lealtad a las instituciones.

Como pasa con muchos grandes hombres, cuando inició el proceso de sucesión, el elegido, al que había encomendado delicadas misiones y había formado en el arte de gobernar y luchar, murió. Entonces, no tuvo más remedio que confiar un territorio amplio, disperso y que había que gobernar con mano de hierro exigiendo una presencia física continua al frente del ejército, a un hijo débil de carácter, timorato y acomplejado. Muerto su padre y dado el poco talento político de su sucesor, Ludovico Pío, el imperio comenzó a mostrar signos evidentes de debilidad. Las guerras civiles entre el monarca y sus hijos acabaron con el prestigio del emperador. La fidelidad, que sólo se mantenía por la extraordinaria figura de Carlomagno, desapareció, y el imperio, ya herido de muerte, terminó de naufragar gracias al empuje y habilidad militar y política de sus enemigos.
Pese a todo, el genio político y la capacidad para gobernar de Carlomagno hicieron viable una empresa que a todas luces parecía inviable dadas las condiciones económicas, políticas y sociales de la época. Sólo la fortísima personalidad y el talento de líder como el emperador pudieron construirlo, mantenerlo, engrandecerlo y legarlo íntegramente y en excelentes condiciones. Sus sucesores no estaban preparados, o no los supo preparar, para asumir la responsabilidad a la que estaban destinados. Como escribió Hegel en sus Lecciones filosofía de la historia universal, “cuando la enérgica mano de Carlomagno dejó caer el cetro, cayó también toda la institución del Estado, sobre todo, la organización del poder militar”.

Por Salvador Rus, profesor de Historia del Pensamiento y director de la Cátedra de Empresa Familiar de la Universidad de León

Un comentario

  • Julio

    Julio dice:

    Muy buen artículo sobre Carlomagno.
    Un saludo

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