Cristina de Suecia: la lucha por la libertad

(Estocolmo, 8 de diciembre de 1626 – Roma, 19 de abril de 1689)

De carácter fuerte e inconformista, inteligente, culta, Cristina de Suecia fue capaz de renunciar a la Corona de Suecia para marcharse a Roma y convertirse al catolicismo. Pero lo que realmente le movió a dejar su cargo, su condición y su reino fue su anhelo de gozar de su más preciado bien: la libertad.

Hamburgo, 1687, una mujer de origen noble e intensa vida ha comenzado a escribir sus memorias. A finales del siglo XVII este hecho no sorprendía, porque poseemos un buen número de relatos escritos por damas instruidas. Pero este caso era distinto. Quien escribe es una mujer que no ha estado recluida entre algodones, ni se ha limitado a ser la sombra o a influir en un hombre poderoso. Quien escribe es la mujer que había sacudido la conciencia de todas las casas reales europeas al haber renunciado solemnemente al trono y a los privilegios que le confería tu título de Reina de Suecia.

La vida de Cristina contada por ella misma, dedicada a Dios, quedó inconclusa. Apenas historia los diez primeros años de su vida. Su padre aceptó su nacimiento como si fuera un heredero varón: “Confío en que esta niña me valdrá como un varón. Será astuta, porque se ha burlado de todos nosotros”. Lo decía porque cuando nació la confundieron con un niño porque tenía todo el cuerpo cubierto de vello. Este tipo de malentendidos la acompañarán durante toda su vida, porque Cristina desarrolló una relación muy especial con el hecho de ser mujer. Nunca mostró interés por la vida frívola y superficial de las damas aristocráticas. Tampoco se interesó por los quehaceres nobiliarios femeninos, los lujos, los vestidos y las joyas.

Las pasiones propias de una joven noble

Cristina fue diestra como amazona, cazadora y manejando la espada. Fue una joven muy singular que mostraba una incansable sed de conocimiento, hasta el punto que parece que aprendió y habló ocho idiomas desde niña. No era agraciada, más bien gruesa y de baja estatura. Poseía un temperamento fuerte, inquieto y vivaz. Sorprendió a una Europa desangrada por las guerras de religión abdicando del trono, abjurando del luteranismo y abrazando la fe católica.

El Reino de Suecia en el primer tercio del siglo XVII estaba empobrecido y enredado en la interminable y cruel Guerra de los Treinta Años. En el año 1632 el rey Gustavo Adolfo, el León del Norte, murió en la batalla de Lützen, en Alemania. Axel Oxenstierna quedó al frente del gobierno y la joven Cristina fue proclamada reina. Desde los dieciséis años asistió a las sesiones del Consejo del Reino para participar en las decisiones del gobierno, y allí conoció las leyes del Reino y la estructura administrativa del mismo.

Cuando en 1648 se firmó la paz de Westfalia, Cristina era mayor de edad y asumió el gobierno de Suecia. Su primera intervención fue fomentar la paz, que estaba en peligro porque un grupo del gobierno quería mantener la política expansionista para asentar el luteranismo en Europa. Ella alentó a los embajadores porque temía “que la conclusión de la paz, que tanto deseamos, pueda demorarse. No dejéis que las ilusiones de unas cuantas personas ambiciosas os aparten del objetivo”. Esta actitud le causó problemas con los viejos políticos, que deploraron la cesión de Suecia porque traicionaba el espíritu de Gustavo Adolfo y mostraba la falta de capacidad para explotar los éxitos de los ejércitos suecos, como la toma de Praga.

Nunca se casó porque “el matrimonio suscita en mí una repugnancia tal que todavía ignoro cuándo podré vencerla”. Por tanto, ante su reiterada oposición a casarse y tener un heredero que garantizara la continuidad de la dinastía y evitara a su muerte cualquier período de inestabilidad y conflictos, nombró heredero al trono a su primo Carlos Gustavo, que había sido su compañero de juegos desde la niñez, y a quien quería mucho al no tener hermanos y más familia en Suecia que la hermana de su madre y su primo. Cristina fue instruida en idiomas, filosofía, historia, teología, ciencias naturales, astronomía y otras materias que las mujeres de su tiempo no solían aprender.

Una reina culta y mecenas

Cristina fue coronada el 17 de octubre de 1650 en Estocolmo. El acontecimiento fue celebrado con grandes festejos que duraron varias semanas. Años antes, la soberana se había preocupado de impulsar la vida cultural del Reino, que se había visto interrumpida por las luchas de religión que acabaron con la destrucción de gran parte del patrimonio cultural. Su lema fue Columna regni sapientia, “la sabiduría debe ser el pilar del reino”. Esta actitud contrastaba con la precaria situación de las arcas de Suecia, que necesitaba hacer cuantiosos gastos militares para mantener su hegemonía en el Báltico.

No obstante, poco a poco, la soberana fue adquiriendo obras de arte de todos los talleres y de todos los artistas del continente con el fin de ir enriqueciendo el patrimonio cultural de Suecia.

Esta actitud le granjeó entre los pensadores, artistas y eruditos de Europa la fama de mecenas de la cultura. Atrajo su atención y algunos vivieron durante un tiempo bajo su protección en la corte. Hugo Grocio, importante jurista, teólogo y pensador holandés, fue embajador de Suecia desde 1635. En 1649 René Descartes se instaló en la corte. Durante años había mantenido una larga correspondencia con la reina. En el 1652 trabajó como pintor de la corte Sebastián Bourdon hasta que la reina abdicó. Tanto a la corte, Estocolmo, y a la ciudad universitaria, Uppsala, fueron llegando sabios, filólogos, anticuarios, bibliotecarios, poetas, orientalistas, latinistas, historiadores y todo tipo de eruditos. Para la reina la cultura también eran las manifestaciones como el ballet, el teatro, la ópera y las representaciones de pantomimas. Buscó a buenos escenógrafos y libretistas, buenos profesores de ballet y autores dramáticos.

A mediados del siglo XVII Suecia era realmente el centro del humanismo europeo, y a Cristina le pusieron el sobrenombre de Minerva del Norte. El oscuro y frío reino del norte de Europa se había convertido en el destino de sabios y artistas.

Abdicación y conversión al catolicismo

Cristina reinó al mismo tiempo en que Luis XIV lo hacía en Francia y Felipe IV en España, los dos monarcas más poderosos su época. Al rey español le regaló el cuadro de Durero “Adán y Eva”. Durante un tiempo coincidieron en la corte de Cristina tres embajadores que a la postre iban a ser decisivos en su vida. El embajador francés fue Pierre Hector Chanut, cuyos informes nos retratan a una reina preocupada por muchos temas y entregada a su oficio de reinar. Logró tener una amistad con Cristina y fue un apoyo decisivo en sus proyectos de desarrollo cultural y en la atracción de intelectuales y artistas franceses a Suecia.

El embajador español desde 1652 fue el general Antonio Pimentel del Prado, con quien también la reina tuvo una relación amistosa. Junto con el religioso y representante de Portugal Antonio Macedo fueron confidentes de la reina y, como católicos, la apoyaron en su decisión de acercarse y conocer mejor el catolicismo.

Una fecha decisiva en la vida de Cristina de Suecia fue febrero de 1654. La reina, en un sesión del Consejo del Reino, tomó la irrenunciable decisión de abdicar y abandonar el trono. No dio razones, ni explicó los motivos que le llevaron a tomar tal resolución. Los nobles, consejeros y principales del reino lucharon para hacerla cambiar de decisión, pero ella siguió en sus trece y fiel a la palabra dada. El acto de abdicación y cambio de rey se produjo el 6 de junio de 1654 en el castillo de Uppsala. La reina se despojó de sus insignias y se las entregó a su primo, que asumió la corona de Suecia con el nombre de Carlos X Gustavo. Nadie quiso quitarle la corona, tuvo que hacerlo ella misma. Al día siguiente, en una emotiva ceremonia, Cristina se despidió del rey, de los miembros del Consejo, de los nobles y, por último, de las damas de la corte.

Decidió dejar Suecia y tras pasar por Nyköping para despedirse de su madre, que poco después fallecería, llegó al puerto de Halmstad. Allí despidió a toda su comitiva y se embarcó en dirección a Hamburgo. Cuando en Dinamarca miró hacia atrás dijo: “¡Por fin soy libre!”. Una vez en Alemania continuó el camino por Flandes parando en Amberes y Bruselas. Allí tomó la segunda decisión más importante y decisiva de su vida: su conversión al catolicismo abjurando del luteranismo. En Innsbruck anunció oficialmente su conversión, y desde allí emprendió su camino por Trento, Mantua, Ancona, Asís, para llegar a su destino final, que no era otro que Roma.

Los motivos de su conversión son conocidos y tienen que ver con su deseo de conocer la verdad, profundizar en el conocimiento filosófico de las pasiones del alma, pero sobre todo, lo que le movió a abrazar la fe católica fueron las conversaciones con los tres embajadores citados y la labor catequética que desarrollaron dos jesuitas italianos, Paolo Casati y Francesco Malines, respondiendo a las preguntas de Cristina sobre la fe católica.

Roma: una nueva empresa

Cristina permaneció en Roma desde diciembre de 1655 y hasta su muerte en el 1689. Exceptuando tres viajes: uno a Francia y dos a Suecia. Durante su estancia en Roma, Cristina impulsó numerosas iniciativas culturales, como la fundación de la Accademia Reale dedicada al estudio de la astrología y de la alquimia. En los círculos eruditos romanos la reina contactó además con un grupo de cardenales que también fomentaban la cultura, que tenía un espíritu crítico y propugnaba por restablecer la neutralidad política del Papado, así como su libertad de actuación frente a los soberanos católicos, a la vez que reclamaba su libertad de actuación respecto a los soberanos católicos y pedía que se eligiera como papa al cardenal más digno, y no al que tuviera más apoyos fuera del Colegio Cardenalicio.

Sus incursiones en la política europea bajo la influencia de Mazarino, obedeciendo por tanto los dictados de Francia, se saldaron con fracasos. Intentó tener un protagonismo que no le correspondía y menos tomando partido por una de las grandes potencias que se disputaban la hegemonía europea e italiana.

Reina sin corona en Roma

Cristina se convirtió en una protagonista eminente de la vida cultural romana. Fundó, por ejemplo, el primer teatro público de la ciudad, donde cantaron los mejores intérpretes de la época para deleite del pueblo romano, que no tenía la oportunidad de asistir a estos espectáculos.
Siguió atenta al devenir de la política. Así, cuando Luis XIV publicó el Edicto de Nantes para forzar la conversión de los hugonotes, protestó indignada por carta enviada al propio rey, por las vejaciones que las familias protestantes sufrían a manos de los soldados franceses. Cristina creía y luchaba por la libertad de todos los seres humanos. Aquella carta fue editada por la revista Les Nouvelles de la République des Letter, editada en Amsterdam, y despertó una gran expectación en toda Europa. Su prestigio era importante entre los intelectuales. Por ejemplo, Gabriel Naudé, bibliotecario de Mazarino, cuando la conoció quedó fascinado por una reina que “lo ha visto todo, lo ha leído todo, lo sabe todo”.

La reina se interesó por la arqueología. Procuró financiar algunas excavaciones. Reunió una excelente colección de esculturas antiguas, como un grupo de Musas que luego sería adquirido por Felipe V de España. También construyó un observatorio en su palacio. Para aprender astronomía contrató a dos astrónomos con los que se pasaba horas mirando el cielo.

Las academias atrajeron a científicos como el fisiólogo Giovanni Alfonso Borelli, a músicos como los famosos Bernardo Pasquini, Alessandro Scarlatti, Arcangelo Corelli y Alessandro Stradella, y a poetas. Es de destacar su amistad con el escultor Lorenzo Bernini, a quien solía visitar en su taller y a quien había protegido cuando perdió el favor del papa Inocencio X, y fue quien realizó su tumba en el Vaticano. Atesoró una buena colección de arte que sirvió para adornar su palacio con pinturas, esculturas, tapices y libros para su riquísima biblioteca.

Cristina hizo gala de un gran amor a la libertad, de un espíritu indómito y crítico hacia todo lo que para ella olía o generaba injusticias. Cuando falleció un 19 de abril de 1689, víctima de una pulmonía, fue enterrada en la cripta de la Basílica de San Pedro, junto a los papas.
Cristina dejó testimonio de una vida apasionada y un tanto excéntrica, marcada por su condición de reina pero también por su búsqueda de la lucidez intelectual y de su libertad como persona.

La fidelidad a las propias convicciones

Cristina fue una reina que luchó por aquello en lo creía y consideraba que era lo mejor para su pueblo cuando reinó, y para el pueblo de Roma cuando allí vivió. Fue educada para ejercer como monarca en un país que tenía un creciente protagonismo en la política europea. Siempre asumió la responsabilidad que entrañaban los cargos, y si éstos se convertían en cargas, no renunciaba a ellos. Sirvió con diligencia las demandas de sus amigos aunque no consiguiera beneficio alguno y sí muchas veces le acarrearan problemas personales y económicos.

Con su empuje e iniciativa, fue capaz de generar instituciones que servían para promocionar la cultura y él bienestar de las personas. Amó la libertad hasta el extremo de dejar su cargo por ser fiel a las ideas. Pensó en su sucesión cuando estaba convencida de que ella no tendría un heredero fruto de un matrimonio, con el fin de no generar revueltas y problemas políticos en Suecia. A veces, se adelantó a su tiempo y a las circunstancias, por tanto, sus propuestas caían en saco roto.

Cuando no se movió por sus convicciones, se equivocó y fue manipulada por otros, causando problemas en su entorno y a ella misma.
Cristina, Reina de Suecia, fue una mujer valiente, fiel a sus convicciones, lúcida intelectualmente y con un espíritu crítico, indómito y libre. Su vida se movió por amor a la libertad y buscando el bienestar de los seres humanos.

Salvador Rus, Profesor de Historia del Pensamiento y Director de la Cátedra de Empresa Familiar de la Universidad de León.

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