El Conde-Duque de Olivares. Un poder sin autoridad

(Roma, 6 de enero de 1587 – Toro, 22 de julio de 1645)

Gaspar de Guzmán y Pimentel Ribera y Velasco de Tovar, más conocido como el Conde-Duque de Olivares, valido del Rey Felipe IV de España, se encontraba un frío 23 de enero de 1643 en sus aposentos del Real Alcázar quemando los documentos de gobierno que pudieran comprometerle. Recogió sus últimas pertenencias y se dispuso a abandonar la residencia de los Reyes de la Casa de Austria, que también había sido la suya durante veintidós años. Quien había regido los destinos de la monarquía más poderosa del mundo, salía a hurtadillas por una escalera secreta para evitar afrentas, insultos y posibles vejaciones de la multitud que le aguardaba en la puerta principal, esa que tantas había traspasado provocando en todos los que le rodeaban un temor que brotaba de su inmenso poder como válido y de su arrolladora personalidad.

Mientras descendía con parsimonia y trabajosamente los peldaños, pensaba en los esfuerzos titánicos que había realizado para hacer realidad un sueño que se había tornado imposible: mantener la hegemonía, la superioridad y el prestigio de la Monarquía Hispánica en Europa y en todo el mundo. El proyecto que había consumido su vida se desvanecía como un azucarillo en el agua. La Monarquía se rompía a pedazos y él mismo, el rodrigón sobre el que había apoyado y descansado, seguía el camino del exilio solo, abandonado por todos y sin otro destino que el destierro y la soledad.

El nacimiento de un Grande de España

Gaspar de Guzmán nació en Roma, en el palacio de Nerón, como lo llamaban sus enemigos, donde su padre Enrique de Guzmán era embajador ante la Santa Sede. Vivió doce años en Italia siguiendo los destinos diplomáticos de su padre en Nápoles y Sicilia. No pisó España hasta el año 1600, cuando tenía trece años. Como no era el primogénito del matrimonio, su destino era hacer carrera eclesiástica y por esta razón fue enviado a Salamanca a estudiar Derecho Canónico a la edad de catorce años, para así conseguir una buena prebenda o incluso el capelo cardenalicio. Pero la muerte de su hermano cambió los planes: se convirtió en el heredero del título y de las tierras de los Condes de Olivares.

Como heredero tuvo que dejar Salamanca e instalarse en la Corte, donde su padre era Consejero de Estado y Contador Mayor. Con poco más de veinte años, en 1607, heredó el título de la familia. Se casó con su prima doña Inés de Zúñiga y Velasco, que pertenecía a una familia que más tarde le serviría para ascender políticamente. Fracasó en su intento por conseguir el nombramiento de Grande de España. Ante este revés, no tuvo más remedio que abandonar la Corte. Se volvió a Sevilla, donde durante ocho años administró la heredad familiar y se encargó de poner en orden las desastrosas finanzas personales que amenazaban con la ruina.

En 1615 el Duque de Lerma, valido de Felipe III, lo nombró gentilhombre de cámara del Príncipe, el futuro Rey Felipe IV. El cargo le permitía tener libre acceso al palacio del príncipe y la posibilidad de ganarse poco a poco el afecto y la confianza del heredero al trono. No era la senda directa para conseguir el poder, pero sí constitutía un medio muy adecuado para intentarlo. El príncipe tenía cierto carácter y Olivares no poseía el encanto del Duque de Lerma. Ideó una forma de granjearse su amistad y su confianza: utilizar la autoridad con la que había sido investido para adular al heredero.

Desde esta posición, asistió a la lucha por el poder entre el Duque de Lerma y su hijo, el Duque de Uceda. Aprovechó la circunstancia para alinearse con el joven duque y dar un paso más en su camino de ascenso al poder. Aprendió que de la división de una familia poderosa se pueden obtener importantes ventajas si se sabe estar en el lugar oportuno y el bando adecuado. Recomendó a Uceda que trajera a la Corte a su tío Baltasar de Zúñiga, un hombre prudente, inteligente, hábil y muy paciente, que fue su verdadero maestro.

Al subir al trono Felipe IV, en 1621, nombró como favorito a Zúñiga en lugar de a Uceda. Durante un año, Olivares fortaleció su posición en palacio. Ese mismo año, consiguió ser nombrado Grande de España, y también consiguió, en lugar de Uceda, el cargo de “sumillier de corps”, que le proporcionó un acceso ilimitado al Rey. Poco después, logró el cargo de caballerizo mayor, que le permitió controlar al Rey siempre que salía de palacio. Finalmente, en 1622, se hizo cargo del Gobierno como valido. Los Olivares habían triunfado y ascendido al lugar más alto de la política de la Monarquía Hispánica.

Un poder sin autoridad

Cuando llegó a la cima del poder se encontró con un reino en bancarrota, corrompido y en manos de una legión de funcionarios ineptos e incompetentes. Las finanzas eran un caos y el sistema fiscal, injusto. La situación era todavía peor porque las remesas de plata de América comenzaban a descender. Se alzaban voces pidiendo reformas económicas, políticas, sociales, morales y de costumbres para acabar con la evidente decadencia y declinación de la monarquía.

El Conde-Duque se sentía capaz de acometer semejante empresa. Desde el principio se embarcó en una actividad política frenética que abarcó un amplio proyecto de reformas en el interior. Luchó contra la venalidad y la corrupción de la Administración. Eliminó los consejos, que eran ineficientes y, en su lugar, estableció juntas especializadas. Implantó lo que hoy llamaríamos medidas mercantilistas y proteccionistas para fomentar las manufacturas y la incipiente industria, y trató de repoblar zonas de la Península. Reformó el sistema tributario y propuso tener un ejército permanente mediante la Unión de Armas. Ninguna de estas propuestas cuajó por falta de apoyo, por las continuas desavenencias y por la desastrosa situación de las finanzas públicas, que llevó a la quiebra a la monarquía. Al mismo tiempo, desplegó una intensa actividad exterior y afrontóo diferentes conflictos bélicos en Holanda, apoyando a los Habsburgo de Austria y luchando por la hegemonía continental con Francia, bajo la dirección del Cardenal Richelieu.

Para llevar a cabo todas estas reformas y desarrollar una política exterior que garantizara la hegemonía de la Monarquía Hispánica, recogió todo esto en un plan estratégico que se conoce con el nombre de Gran Memorial de 1624, un auténtico programa de actuación para un largo período de tiempo. Los ejes centrales del plan eran reforzar el poder real, garantizar la unidad de los territorios sobre los que reinaba, hacer más eficaz la maquinaria bélica para mantener el dominio en Europa y reformar la administración haciéndola más ejecutiva y centralizada. A pesar de no proponer una política imperialista, sino de defensa y conservación de los territorios heredados, se vio obligado a gastar cuantiosos recursos que sirvieran para movilizar personas, armar ejércitos y disponer de ellos en los diferentes campos de batallas.

Mientras cosechó éxitos se pudo afianzar en el poder y mantener a raya a una nobleza que lo detestaba, que no quería colaborar con sus políticas y que lo odiaba por haberle apartado del Rey y de las prebendas. El año 1625 fue un annus mirabilis. Ambrosio Spínola conquistó Breda, gesta que quedó plasmada para la posteridad por Velázquez; Don Fadrique de Toledo tomó Brasil y expulsó a los holandeses; Don Fernando de Girón rechazó el ataque inglés a Cádiz; el Marqués de Santa Cruz resolvió el asedio de Francia y Saboya sobre Génova, y Don Juan de Haro repelió a los holandeses en Puerto Rico. También hay que sumar los éxitos del Duque de Feria en Italia y las campañas de los ejércitos imperiales en Europa, que auguraban un final feliz para las fuerzas católicas, que estaban representadas por los monarcas Habsburgo. Para Olivares era la confirmación de su teoría: la contundencia en el uso del ejército y de la fuerza militar era el único lenguaje que entendían los enemigos de su Rey. El Conde-Duque estaba en el cenit de su poder.

El principio de la decadencia

Pero pronto la soledad en el ámbito internacional, la falta de aliados y la continua apertura de nuevos frentes y el fortalecimiento de Francia gracias a la determinación de Richelieu, empobrecieron a la Corona española e imposibilitaron la continuidad de la gran política que hasta entonces se había realizado. Las derrotas comenzaron a llegar, no sólo en Europa, sino también en territorio peninsular.

A medida que la situación se hacía más insostenible, Olivares extremó su deseo de concluir las reformas aunque fuera imponiéndolas por la fuerza. Las continuas guerras generaron un endeudamiento asfixiante, porque se habían agotado todos los recursos y no se conseguían nuevos préstamos, hasta que en 1627 se declaró la bancarrota.

A partir de ese año, el Conde-Duque contó sus acciones bélicas por derrotas que acabaron con la hegemonía española en Europa. Primero, se rompieron las relaciones con Inglaterra. En Flandes se perdieron sucesivamente las plazas de Bolduque, Maastricht, Breda y la armada española fue casi destruida y humillada en la batalla de rada de las Dunas frente a las costas de Inglaterra. Francia se anexionó en Italia el Marquesado de Montferrato y se perdió definitivamente la Valtelina.
El año 1640 fue trágico y el Conde-Duque vio cómo toda su política se desvanecía ante sus ojos. Los franceses ocuparon Salses en el Rosellón, por lo que la guerra llegaba a Cataluña; a la vez se produjo la secesión catalana, que duraría hasta el 1652, y para concluir su annus horribilis y el de la Monarquía Hispánica, se produjo la insurrección de Portugal, que significó su definitiva independencia, y el final de la unión dinástica en la Península Ibérica alcanzada sesenta años antes por Felipe II. En los años sucesivos sufrió las derrotas de Montjuich (junio de 1641) y Lérida (octubre de 1642), a las que hay que unir el intento de independencia en Andalucía de un grupo de nobles encabezado por el Duque de Medina Sidonia, que deseaba establecer un reino independiente con el apoyo de Portugal.

El sueño de grandeza que proponía Olivares se fue desvaneciendo a cada paso. La decadencia y ruina de España era un hecho, y también el declive físico del Conde-Duque era evidente, como muestran los retratos de Velázquez de aquella época. España, su Imperio y su hegemonía mundial se desmoronaban y el Conde-Duque, que en otro tiempo se sentía llamado y con fuerzas para impedirlo, ahora se veía impotente. Recibió críticas de todos los estamentos y con mayor virulencia que las que tuvo que soportar el Duque de Lerma.

Estos hechos provocaron la pérdida de todo crédito político y, por tanto, el Rey que lo había sostenido durante tanto tiempo decidió destituirlo y le ordenó que se alejara de la Corte en el año 1643. Se retiró en busca de tranquilidad a su señorío de Loeches, pero estaba demasiado cerca de Madrid, así que el mismo Rey lo desterró a un lugar más alejado, a Toro, donde murió en 1645. Fue enterrado junto a su esposa en un convento fundado por él mismo en Loeches.

Sin unión ni compromiso

La herencia que dejó Olivares fue bastante peor que la que recibida cuando se hizo cargo de la dirección de los asuntos de Estado. Su deseo era devolver el esplendor y la reputación de antaño a la Monarquía que encarnaba Felipe IV, al que hizo llamarse el Grande, y lo que consiguió fue acelerar su decadencia, agotamiento y declive final.

¿Qué lecciones podemos extraer de la experiencia de gobierno de Olivares?

En primer lugar, que fue hábil y capaz de llegar a la cima del poder porque supo elegir a sus aliados, pero éstos no se identificaron con su política ni con su persona. Ejerció sus responsabilidades de una forma personalista y dividiendo a las personas entre amigos y enemigos. O se estaba con él, con sus ideas y con sus proyectos, o se estaba contra él y contra el Rey.

En segundo lugar, la acumulación de poder y de medios para ejercerlo fue inmensa. Unas veces supo manejarlos para conseguir la victoria y los objetivos de la política de la Monarquía a la que servía, pero otras, sobre todo cuando llegó a la cima de su poder, no supo que ver que es más fácil iniciar una guerra y comenzar un conflicto político que concluirlo. Por otro lado, su exceso de confianza por los éxitos cosechados en 1625, le llevaron a pensar que era invencible y que su política era la acertada. Padeció un exceso de confianza en sí mismo, en sus recursos y en sus ideas, que se manifiesta perfectamente en el cuadro de Velázquez en el que él aparece en escorzo montando un precioso y brioso caballo cartujano. Al valido de Felipe IV no se le escapaba nada, ni se le podía oponer ninguna dificultad o poder humano. Estaba ante el inapelable juicio de la Historia, pero nadie entre los notables le reconocía un ápice de autoridad.

Tercero, fruto de la confianza ilimitada en su persona, considerándose ungido por la suerte y el destino, pensando que no podía fracasar porque disponía de todos los medios que garantizaban el éxito, emprendió empresas que eran arriesgadas, desoyendo el consejo de todos. Una de ellas fue la guerra de Mantua, en la que no tenía nada que ganar pero sí mucho que perder. Y eso fue lo que sucedió. El error de cálculo le obligó a firmar una paz humillante y permitió que Richelieu, su principal competidor en el tablero político europeo, afianzara su poder y se introdujera en los asuntos italianos. Luego, viendo la debilidad de España, declaró la guerra abierta y se lanzó contra las regiones fronterizas: País Vasco, Franco Condado, Alsacia, Flandes, y alentó la rebelión de los catalanes, a los que ofreció su protección.

En cuarto lugar, cuando asumió el cargo era evidente que había alcanzado la dignidad porque formaba parte de un grupo social que lo apoyó. Era su líder, que además estaba investido por el éxito. Pero no supo ser magnánimo y no quiso recompensar la lealtad de aquellos que le habían apoyado. Así, consiguió distanciar a los notables del Reino y no obtuvo de ellos más que un apoyo interesado en momentos concretos. Cuando el Conde-Duque se presentaba ante el monarca como un valido coronado por la victoria, nadie se movió. Pero cuando las derrotas se sucedieron, los mismos que se mantenían en un prudente segundo plano decidieron dar el paso para acabar con la ruina de España y la pérdida total de su hegemonía. En suma, no supo crear un equipo entre las personas influyentes e importantes de la Corte, y menos aún generar la unidad y el compromiso en torno a un proyecto que todos pudieran identificar como suyo y común a todos. Esta falta de unidad propició el crecimiento de sus enemigos, e incluso parece que la misma reina Isabel de Borbón encabezó la “conspiración de las mujeres” que logró su destitución, en la que estuvieron implicadas las esposas de grandes nobles enemistados con Olivares.

Quinto, su forma de actuar fue siempre muy autoritaria. Tanto cuando fue desterrado como cuando murió, muchos sintieron alivio. Para los futuros gobernantes fue el ejemplo elocuente de lo que no se debía hacer trayendo novedades que cambiaran radicalmente las posiciones conseguidas por unos y otros con tanto esfuerzo. No se podía comenzar de cero cuando la Historia y el devenir de las familias habían acuñado una forma de actuar y decidir. Sexto, no supo leer el tiempo histórico que le tocó vivir. La hegemonía europea estaba cambiando de manos, y por muchos recursos y personas que pudiera poner a disposición de los ejércitos españoles, lo único que iba a conseguir era alargar inútilmente la agonía. Hubiera sido preferible llegar a acuerdos con Francia y Holanda, en lugar de firmar humillantes paces como en Mantua o en Westfalia. No darse cuenta de que los competidores también juegan es un error de cálculo propio del que confía en él y en sus capacidades, sin mirar alrededor y ver que la realidad política y social es diferente y se transforma dentro de la empresa y en el exterior.

El Conde-Duque nos trae a la memoria arquetipos de empresario familiar que tienen capacidad, proyecto, ilusión y sienten la necesidad de mantener y acrecentar la heredad familiar, pero son incapaces de conseguir el compromiso de personas que les acompañen en la singladura y, poco a poco, se van convirtiendo en el problema y no en la solución. Su distancia de todos los que deberían y podrían ayudarle significó su más sonoro fracaso. Por eso, alguien como el genial poeta Francisco de Quevedo, que celebró con su llegada y ensalzó a un Olivares abnegado y entregado al servicio de la Monarquía, acabó haciendo sátiras y criticando al valido que lo encerró durante tres años para acallar sus críticas. Pero dejó escrito un poema que resume el ascenso y el posterior ocaso de un personaje que gobernó en solitario y cuya falta de magnanimidad hacia los demás provocó que no pudiera alcanzar el éxito ni gozar de él, sino que quedó como modelo de político al que no hay que imitar:

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.
Salíme al campo: vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.
Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos
mi báculo más corvo y menos fuerte.
Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.
Francisco de Quevedo

 Salvador Rus, Profesor de Historia del Pensamiento y Director de la Cátedra de Empresa Familiar de la Universidad de León.

Un comentario

  • La Tortulia #79 – Conde-Duque de Olivares | La Tortulia Podcast

    La Tortulia #79 – Conde-Duque de Olivares | La Tortulia Podcast dice:

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