Escipión el Africano: un hombre magnánimo, honesto y valiente

(Roma, 20 de junio de 236 a. C. – Villa de Liternum, Campania, 3 de diciembre de 183 a. C.)

Conocido como el Africano por su victoria sobre Aníbal en Cartago, Publio Cornelio Escipión fue uno de la mayores, más importantes y respetados generales de su tiempo, sólo superado, según el testimonio de sus contemporáneos, por el mismo Alejandro Magno.

En la República romana, para ser alguien era requisito prácticamente indispensable ser de noble linaje. Y para estar en la nobleza era necesario contar con algún antepasado cónsul, la magistratura suprema en el régimen republicano. Se elegían dos cada año y el acceso a este cargo estuvo limitado durante siglos a los miembros de las familias patricias. Entre ellas, la familia que más cónsules tenía eran los Cornelio, que durante los siglos III y II a.C., la época marcada por las guerras púnicas, brillaron como nunca. Dentro de esta familia extensa, la rama de los Escipiones fue esencial en este período en el que se jugó el futuro de Roma.

No en vano se conoce este período como «el siglo de los Escipiones», porque más de veinte de ellos alcanzaron el consulado, hasta el punto de que, como decía un historiador, mire donde mire, busque donde busque ejemplos memorables, me encuentro siempre necesariamente con los Escipiones. En este contexto brilló con luz propia la excepcional figura de Publio Cornelio Escipión, conquistador de Hispania y vencedor de Aníbal. Conocido como el Africano tras su triunfo en Zama, era bisnieto, nieto, hijo, sobrino y hermano de cónsules por la rama paterna. Su madre, Pomponia, pertenecía a una familia de caballeros, una clase emergente compuesta por terratenientes, armadores, banqueros y proveedores del ejército.

Cómo se forma un general

Como era habitual en las familias de la antigua aristocracia romana, la educación de los jóvenes vástagos se desarrollaba bajo la atenta mirada de los padres. En una primera fase, era la madre la que se encargaba de la educación básica, los hábitos de conducta social y las primeras letras, mientras que al padre le correspondía la iniciación en la historia de la familia, la administración de las propiedades, el conocimiento del derecho básico y el intrincado sistema político romano.

La mayoría de edad de Escipión coincidió con el inicio de la Segunda Guerra Púnica en el fatídico año 218 a.C. Su padre, llamado también Publio, era entonces cónsul y había recibido la misión de cortar el avance de Aníbal hacia la península de Italia, pero fracasó en el intento. Mientras su hermano Cneo se encaminaba hacia Hispania, Publio retrocedió al pie de los Alpes para intentar de nuevo frenar al general cartaginés, pero fue arrollado y vencido a las orillas del Tesino. El propio cónsul estuvo a punto de perder la vida, pero se salvó gracias a la intervención acertada y heroica de su hijo. Aquel mismo año, las tropas romanas sufrieron otra derrota humillante en Trebia, seguida por un nuevo descalabro militar en el desfiladero del lago Trasimeno.

En la derrota de Cannas (216 a.C), en la que Aníbal venció a un ejército que le doblaba en número y estaba mucho mejor pertrechado, Escipión supo sobreponerse al derrotismo imperante entre las filas romanas, que estaban pensando en desertar y ofrecer sus servicios al enemigo. Con sólo 19 años era ya un tribuno militar que logró salvar la desesperada situación jurando y haciendo jurar a sus compañeros que no abandonarían ni a la República ni al pueblo de Roma.

Con estas actuaciones, el talante y el prestigio de Escipión se fue acrecentando en el ejército y no tardó en llegar a la Asamblea del pueblo. Él mismo no se recataba de presumir de una protección especial de los dioses. Desde el momento en que vistió la toga viril, su primera acción cada día era dirigirse al Capitolio. Una vez dentro del templo se sentaba y pasaba un tiempo retirado. Fue una costumbre que conservó durante toda su vida. Cuando se presentó a la elección como edil curul a los 22 años, se cuenta que invocó un sueño en el que se le aseguraba la victoria. El mito de Escipión estaba servido, sólo faltaba la oportunidad de ponerlo a prueba y ésta no tardaría en llegar.

Al encuentro de su destino

En Hispania, los hermanos Cneo, tío de Escipión, y Publio Cornelio, su padre, habían ido conquistando terreno a los cartagineses, empujando hacia el sur al ejército de Asdrúbal, hermano de Aníbal. A medida que avanzaban se les iban sumando las tribus ibéricas sometidas a los cartagineses. Todo favorecía a las legiones de Roma y a los planes de la República en Hispania, hasta que en el año 211 a.C. los cartagineses, tras concentrar todas sus fuerzas en la cabecera del Guadalquivir, sorprendieron a los dos ejércitos separados, y ambos generales resultaron derrotados y muertos.

Cuando la noticia llegó a Roma fue como un jarro de agua fría. Inmediatamente se eligió otro procónsul para Hispania. Nadie quería ser nombrado, excepto un joven de 24 años, que subió a la tribuna de los oradores y presentó su candidatura. Así, entre gritos y aplausos, Escipión accedió al cargo por aclamación y unanimidad. No fue un arranque repentino, ni una bravuconada de un joven sin experiencia. Todo lo contrario: Escipión estaba convencido y tenía la firme determinación de vengar la muerte de su padre y de su tío. Con estos motivos no le era lícito dejar pasar una oportunidad como aquella.

Al año siguiente Escipión se hizo cargo de las operaciones. Se encontró con sus legiones parapetadas tras el Ebro y con el ejército de su enemigo dividido en tres cuerpos distantes unos de los otros. Sobre la marcha tomó la decisión de lanzar un ataque fulminante por tierra y mar contra el puerto de Cartago Nova, la principal base púnica en Hispania. La toma de la ciudad y la habilidad con que administró la victoria, entre otras cosas liberando a los numerosos rehenes indígenas confiados en la ciudad, puso aumentó su fama entre las tribus de Hispania, que se pasaron en masa a la causa romana.

Escipión no rehuyó ningún enfrentamiento. Al año siguiente se midió con Asdrúbal en Baecula, que consiguió escaparse y poner rumbo hacia el norte para reunirse con su hermano en Italia. Esta deserción suponía entregar toda Hispania a Escipión, que en poco tiempo venció a los otros dos ejércitos cartagineses en Ilipa en el 207 a.C., y en otoño del 206 a.C. se rindió Cádiz, el último bastión púnico en Hispania. Espición había materializado el sueño de su padre y su tío: dominar toda Hispania e incorporarla a la República.

Una carrera fulgurante y exitosa

En el año 205 a.C. Escipión fue elegido cónsul, siempre concitando la unanimidad. Propuso entonces atacar al enemigo cartaginés en su propia patria, obligando así a Aníbal a abandonar Italia. El plan era audaz, pero extremadamente peligroso y, además, los romanos sabían lo amargo que era el fracaso. En el Senado le pusieron todo tipo de pegas y le escatimaron los recursos, pero gracias a la influencia de la familia de los Pomponio y a su habilidad para convencer a los ricos sicilianos, logró reunir una flota de cincuenta navíos en los que, en la primavera de 204 a.C., trasladó a 25.000 hombres hasta la costa africana. Allí se le unió el rey númida Masinisa, que fue su amigo de por vida.

La campaña fue lenta y poco a poco fueron cayendo las posiciones más estratégicas. Cartago comenzaba a sentir la presión asfixiante de Escipión y decidieron reclamar la presencia de Aníbal. Su primer objetivo se había cumplido.

Escipión no gustaba dejar las cosas a medias, así que comenzó a prepararse para el enfrentamiento definitivo entre él y Aníbal, las dos personalidades más fuertes del momento, y entre los que no era posible llegar a un acuerdo.

La batalla de Zama comenzó por la mañana temprano. Los cartagineses luchaban por conseguir su salvación y para mantener su dominio en África; los romanos, para hacerse con un imperio universal. El ganador fue el ejército romano, pero ambos generales estuvieron a la altura de las circunstancias. Escipión fue duro en sus condiciones de paz, pero no se ensañó con los vencidos. Aníbal obligó al Consejo de su ciudad a aceptarlas sin rechistar. Era un tópico entre los antiguos la discusión sobre la superioridad estratégica de uno y otro. Sólo se coincidía en que el único que se podría situar por encima de ellos era Alejandro.

El regreso de Escipión a Roma fue apoteósico y aclamado en todas las ciudades. El desfile triunfal quedó grabado en la memoria de los romanos durante siglos. Los años siguientes, Escipión fue un personaje querido por el pueblo y por el ejército. Todas sus propuestas eran aceptadas. También se celebraron unos juegos espléndidos para cumplir una promesa que había hecho en África: se asignaron tierras a sus veteranos de Hispania y África. Además, logró colocar a sus candidatos en los puestos a los que aspiraban. Y así estuvo ‘mandando’ de hecho en Roma durante diez años.
Una vez pasados los años reglamentarios, en 194 a.C. volvió a concedérsele el consulado. Los censores lo colocaban el primero en la lista de los senadores. Podría decirse que era una especie de «rey sin corona» con un atractivo, un carisma y una autoridad inconmensurables. No se trataba sólo de él: su familia, su linaje y, por extensión, la nobilitas (nobleza) en pleno se beneficiara de esta fama y, sobre todo, de su superioridad moral y política.

El final de quien no ve límites

Pero no todo el mundo pensaba de idéntica manera. En el Senado, Escipión contaba con la enemistad de un sector poderoso que, ya desde su nombramiento excepcional como procónsul en Hispania, consideraba nocivo para la República que una sola persona acumulara tanto poder, aunque lo que exasperó a muchos fue el uso poco ortodoxo que hacía de él. Al frente de esta facción se encontraba Marco Poncio Catón, que era la otra cara de la moneda: un hombre nuevo, no un noble, surgido desde abajo, prestigioso militar, pero sobre todo un hábil e implacable político, celoso vigilante de la libertad republicana y, por tanto, enemigo frontal de la oligarquía patricia a la que pertenecía Escipión.

La ocasión escogida para ajustar las cuentas al héroe de la guerra contra los cartagineses fue la intervención de Escipión y su hermano Cneo en la guerra contra el rey seléucida Antíoco III el Grande, en Asia Menor. Catón, por personas interpuestas, acusó a los dos hermanos de quedarse con parte de las indemnizaciones exigidas a Antíoco. En el caso de Escipión el Africano era impensable, aunque no se puede afirmar lo mismo de su hermano.

Sin embargo, ambos fueron procesados por el mismo delito, primero en el Senado, y luego en la Asamblea del pueblo. Escipión devolvió la afrenta sobre su honorabilidad con desprecio y majestuosidad, su actitud fue secundada por el pueblo, como siempre había sucedido. El día que se trató el asunto, se negó a escuchar a los fiscales y, como coincidía con el aniversario de la gran gesta de Zama, Escipión se dirigió al Capitolio para dar gracias a Júpiter, y fue seguido de una multitud de romanos. Estaba viviendo su último día de triunfo.

Su orgullo había quedado herido sin remedio. Escipión se reitiró a su villa de Literum en la Campania, ya no volvería más a Roma y tampoco quiso saber nada de lo que allí sucedía. Murió el año 183 a.C., el mismo que Aníbal, su inseparable compañero ante la historia. Dicen que escribió un epitafio en su tumba que mostraba su desprecio hacia Roma y sus políticos: «Patria ingrata, no posees ni siquiera mis huesos».

Las lecciones de un gran general

Escipión dejó una enseñanza elocuente: hay que asumir los cargos cuando es necesario, y en su ejercicio hay que dar lo mejor de uno mismo. Él no eligió ser nada, la vida fue conduciéndole por senderos que por familia podría corresponderle, pero que se fueron concretando porque las circunstancias se imponían a sus deseos personales. Cuando nadie quiso asumir el mando del ejército en Hispania, él, joven, con escasa experiencia y dolido por la muerte de su padre y su tío, ambos derrotados en los campos de batalla, asumió la responsabilidad y supo enderezar la situación. En el momento donde Roma se jugaba a doble o nada su futuro, tomó la resolución de no negociar con un enemigo astuto y debilitado que pretendía tenderle una trampa. También en esta ocasión supo lo que tenía hacer y lo hizo, sin pensar en su propia comodidad y gustos.

Asumió los cargos como cargas, como deberes que el pueblo le imponía para mejorar la vida y contribuir a la grandeza de Roma, de la empresa común. Como general supo siempre motivar a sus soldados haciéndoles ver que ellos eran los instrumentos necesarios para conseguir el objetivo, que ninguno sobraba y que él ocupaba el cargo porque ellos y el pueblo de Roma así lo querían.

Escipión supo qué convenía a Roma y se entregó a ello sin reservas y sin dudas. Asumió el liderazgo hasta que se puso en duda su honorabilidad. Entonces comprendió que podía llegar a convertirse en un tirano, o que estaba patrimonializando el poder, y decidió retirarse para no hacer daño al proyecto político por el que siempre luchó y al que entregó su vida. Una retirada a tiempo y oportuna de una empresa genera más beneficios que pérdidas.

Como general supo crear equipos y motivar a sus subordinados para que en el campo de batalla dieran lo mejor de sí mismos para alcanzar la victoria y derrotar el enemigo. Asimismo, sabía convertir las situaciones difíciles en oportunidades para engrandecer a Roma, conseguir la fama de las legiones y ampliar los límites territoriales de la República.

La actitud altanera y orgullosa de los últimos años ante acusaciones injustas no empañan una trayectoria ejemplar, entregada al servicio de un ideal político y humano para el que con frecuencia se vio obligado a asumir responsabilidades que nadie deseaba y que suponían un grave riesgo para el prestigio personal y también institucional en caso de fracasar. La valentía y la audacia se cuentan también entre sus más destacadas virtudes.

 Salvador Rus, Profesor de Historia del Pensamiento y Director de la Cátedra de Empresa Familiar de la Universidad de León.

5 comentarios en “Escipión el Africano: un hombre magnánimo, honesto y valiente”

  • Edmundo Delfor Jesus ayoroa

    Edmundo Delfor Jesus ayoroa dice:

    Una vida ejemplar y una familia valiosa. Mal les pagaron sus compatriotas. Pienso que la única Justicia que habrán gozado es la Eterna de Dios. Muchas gracias por el espacio. Atentamente. EDJ Aoroa

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  • Luciano Mántica

    Luciano Mántica dice:

    Un General a la ALTURA de César y Alejandro.

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  • Catalogo avon

    Catalogo avon dice:

    Ejemplo que deberíamos seguir de alguna manera, pero no importa quienes nos traicionen, lo importante es no traicionarnos a nosotros mismo, mucho menos a nuestras convicciones.

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  • Diegocasamayouret

    Diegocasamayouret dice:

    Escipione anche ditto l’ africano es una película italiana que muestra muy bien la ultima etapa de este gran general, es protagonizada por Marcello Mastroianni come Scipione; Silvana Mangano como su esposa, Vittorio Gassman como porcio caton y el hermano de Marcello, Ruggero Mastroianni como Lucio el asiático.

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  • Andrea

    Andrea dice:

    Siempre se puede aprender de los grandes personajes de la vida, un reporte que me parece muy útil e interesante
    Gracias 🙂

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