George Washington, el primer presidente de los EE.UU.

(Pope’s Creek, Virginia, 22 de Febrero de 1732 — Mount Vernon, Virginia,14 de diciembre de 1799)

George Washington nació un 22 de febrero de 1732 en las tierras de Pope’s Creek, en la actual Virginia. Dirigió con energía, determinación y tesón la lucha para conseguir la emancipación de las colonias británicas de América del Norte. Cuando terminó la guerra y consiguió realizar el proyecto de los colonos expulsando a ejército británico, fue elegido presidente de un nuevo país: los Estados de Unidos de América del Norte.

Washington era miembro de una acomodada y arraigada familia de Virginia, pero no pertenecía a la clase dominante de la colonia. A los 16 años comenzó a trabajar como ayudante de agrimensor. Al morir su hermanastro Lawrence, se quedó como único heredero y recibió Mount Vernon, que fue su residencia habitual, pero además lo sustituyó en el puesto de oficial de la milicia de Virginia. Contaba con 23 años.

En 1753 comenzó su vida militar en el valle del Ohio, que era parte de las tierras que la carta fundacional de Virginia atribuía a la colonia. Tres años después, las desavenencias entre los colonos franceses y británicos dio lugar a la guerra de los Siete años o guerra Franco-India. Tras una serie de derrotas y fracasos de los ingleses, se decidió organizar el Regimiento de Virginia. Con 23 años, Washington fue nombrado comandante.

Militar y político

Las duras derrotas sufridas sirvieron para que Washington tuviera como objetivo convertir a un grupo de voluntarios en una fuerza militar efectiva que fuera el cimiento de un ejército profesional. La milicia consiguió importantes éxitos y ganó la guerra. Un año después, en 1758, Washington abandonó el ejército porque era consciente de que un colono no podría hacer una carrera brillante y larga en el ejército británico. En 1759 se casó con una rica viuda, Martha Dandridge Curtis, que tenía dos hijos. El matrimonio fue feliz y Washington trató a los hijos y a los nietos de Martha como si fueran suyos.

Retirado en sus plantaciones, Washington vivió como un acomodado terrateniente, dedicado a la política colonial y a incrementar sus posesiones y su fortuna. Fue miembro de la House of Burgesses, parlamento de colonial de Virginia, durante quince años. Allí se erigió como portavoz del descontento de los hacendados por tener que hacer todas las transacciones a través de Londres, lo que suponía que los agentes intermediarios se quedaban con importantes ganancias.

En este ámbito local comenzó a cimentarse su fama como político, que unida a su prestigio militar fueron determinantes para lanzar su carrera política. La Corona Británica había ganado la guerra de los Siete Años, pero las arcas estaban exhaustas. Para llenarlas estableció nuevos impuestos que los colonos consideraron abusivos y contra los que protestaron de forma enérgica. A partir de 1770 la tensión fue creciendo y se produjo en Massachusets la mantaza de Boston (1770) y el motín del Té (1773).

Para aunar las protestas, las colonias organizaron en septiembre de 1774 el Primer Congreso Continental, que tomó importantes decisiones como redactar un memorial de agravios dirigidos al rey y no consumir productos ingleses. Si el rey no contestataba a sus peticiones, se reunirían en la primavera siguiente.

El silencio de la metrópolis, provocó que en el año 1775 se convocara el Segundo Congreso Continental que organizó un ejército y, el 4 de junio de 1776, firmó la declaración de Independencia. Washington estuvo en ambos Congresos y fue nombrado jefe del Ejército Continental, pero él impuso una condición: no percibiría ninguna compensación económica por su cargo. En realidad contaba con una milicia más voluntariosa que profesional, es decir, disponía de un ejército imaginario con el que se dedicó a desgastar al enemigo, superior y más fuerte, sin presentar batalla alguna.

El ejército, sin estar todavía bajo su mando, consiguió una victoria en Bunker Hill y expulsó a los ingleses de Boston. Los británicos sufrieron muchas bajas y su ejército quedó bastante mermado. Era necesario convertir este grupo de entusiastas de diferentes procedencias e intereses, sin disciplina, sin suficiente armamento y sin víveres en un ejército disciplinado, bien armado y bien provisionado. Para hacerlo, primero eligió a sus colaboradores, luego buscó medios y presionó a las autoridades para hacerles ver la necesidad de contar con un ejército profesional, ordenado y avituallado como exigían los tiempos y las circunstancias.

La personalidad de Washington

A lo largo de toda su vida, Washington mostró que poseía las cualidades necesarias para desempeñar con éxito las tareas que se le fueron encomendas y voluntariamente asumió. Poseía un carácter reservado y prudente, era serio, constante e íntegro a pesar de las frecuentes e injustas críticas que siempre recibió. Fue consciente de sus limitaciones y mostró en cada momento una voluntad enorme de aprender de sus propios errores y de sacar experiencia de los ajenos.

La característica más sobresaliente de su personalidad era, sin duda alguna, la confianza ciega que tenía en su misión. Washington creía en la independencia de las colonias, en que había un futuro sin depender de la Corona Británica y que el destino final de los territorios americanos era crear una nueva nación. Además, impuso a todos su convicción personal de que el ejército debía estar subordinado a la autoridad civil. Pero también era un hombre con mucha suerte. Cuentan que en una de las acciones militares que participó siendo joven, su unidad tuvo que replegarse, y en la retirada perdió cuatro caballos y unas cuantas balas rasgaron su uniforme, pero no llegaron a herirle.

Su sentido de la oportunidad le llevó, por ejemplo, a abandonar la plaza de Nueva York sin presentar batalla, porque los ingleses tenían un ejército tan importante y tan numeroso que estaba seguro de que perdería la batalla y parte de su contigente. En su carrera militar se sucedieron victorias –Treton y Princeton-, con derrotas –Brandwine y Germantown-. Sin embargo, en medio todo el conflicto, se produjo la victoria de Saratoga, en octubre de 1777, que tuvo una gran trascendencia política y diplomática.

Forjar una nueva nación

Francia y España se pusieron del lado de los americanos y reconocieron su independencia. Los colonos ya no estaban solos y contaban con la flota francesa, que se podía oponer a la marina británica.

Además, se equilibraron las fuerzas y pudieron poner en valor su mayor ventaja: el conocimiento del terreno donde se realizaban las operaciones militares. Así, por ejemplo, vencieron al ejército de Cornwallis en Yorktown el 19 de octubre de 1781 en una acción combinada de la marina francesa con el ejército de tierra liderado por Washington.

Después de esta acción, el gobierno británico reconoció que había perdido la guerra. En enero de 1783 se firmó el tratado de Versalles, en el que Ingaterra reconocía la independencia de las colonias. La guerra de la Independencia convirtió a Washington en el hombre más popular en las antiguas colonias británicas. Algunos dijeron de él que era “el mejor y mayor hombre que el mundo ha conocido nunca”. Y en el resto del mundo su fama se fue incrementando. Thomas Jefferson decía que durante su estancia en Europa todos los gobernantes siempre preguntaban por Washington, el mismo rey de España, Carlos III, se apresuró a enviarle dos ejemplares de asnos españoles de la mejor raza en cuanto se enteró de que estaba interesado en adquirir uno.

Washington era fiel a sus ideales y a su forma de vida. Terminada la guerra, entregó el bastón de mando y se retiró a su hacienda de Mount Vernon para ocuparse de sus asuntos. Deseaba estar al margen de todo, sentía que su misión se había cumplido, pero pocos años después sus compatriotas volvieron a recurrir a él para salvar a la nueva nación de la inestabilidad política que amenazaba su existencia. Los americanos habían luchado denodadamente por su independencia frente a un gobierno superior, lejano y que consideraban tiránico, por tanto, no estaban dispuestos a aceptar otro gobierno que también podría oprimirles, cercano y que había sido creado por ellos. Frente a la actitud del Segundo Congreso Continental, algunos políticos como Washington comprendieron que sin un gobierno central fuerte, las trece colonias irían cada una por su lado, y nunca se llegaría a constituir una nación ni un Estado fuerte. Había que lograr la unión de todas ellas.

En 1787 se convocó la convención de Filadelfia para reformar los Artículos de la Confederación. Washington asistió a ella y fue nombrado presidente. La convención elaboró un documento revolucionario: la primera Constitución de los tiempos modernos, republicana, federal, con separación de poderes y que basaba su autoridad en el consentimiento de los ciudadanos. Creó este documento por la influencia de los federalistas, partidarios de sustituir la confederación por una federación de estados, y del propio Washington. Esta Constitución defendía principios que hoy tenemos asumidos, pero en un mundo dominado por monarcas absolutos, el experimento de los americanos parecía inaudito y muchos creyeron que no podía llegar a funcionar. La Constitución ponía el poder ejecutivo en manos de un presidente, elegido indirectamente por los ciudadanos de los diferentes estados de la Unión. En Filadelfia todos sabían quién sería el primero en ocupar el puesto. Washington fue elegido por unanimidad por los 69 electores de los estados. Un 30 de abril de 1789 tomaba posesión de su cargo en New York, capital provisinal de la nueva nación.

Creando modelos y nuevas formas políticas

Washington no tenía modelos a los que seguir. Era el primer presidente elegido y tenía que establecer los precedentes que deberían seguir a partir de entonces sus sucesores. Un ejemplo podemos verlo en las relaciones de los Estados Unidos con Europa, que se mantuvieron en la cultura política norteamericana hasta mediados de siglo XX. Su planteamiento quedó claramente expresado en su mensaje de despedida, publicado en la prensa americana antes de abandonar el cargo presidencial. El aislacionismo americano empezó con el primer presidente y no acabó hasta la segunda guerra mundial bajo la presidencia de Franklin D. Roosevelt.

Washington odiaba las divisiones y disensiones políticas, y era enemigo de las camarillas y grupos de presión. Los principios revolucionarios, el llamado “espíritu del 76”, deberían ser únicos, aceptados y vividos por todos. La interpretación de los mismos llevó a que Th. Jefferson y otros crearan el grupo de los antifederalistas que más tarde dio lugar al partido político más antiguo que existe: el partido Demócrata. La actitud de Washington promovió la creación de los partidos políticos. Su herencia hoy es enorme. Todo lo que hizo sentó precedente. Eligió la capital que lleva su nombre. En 1793 fue reelegido por unanimidad, pero pese a que le pidieron que siguiera un tercer mandato, él se retiró en 1797 a Mount Vernon, esperando encontrar allí la paz y la tranquilidad de la que no gozó como presidente. Así se estableció la costumbre de que los presidentes ejercieran durante dos mandatos consecutivos, a excepción de Franklin D. Roosevelt.

Las enseñanzas de Washington

Como cualquier ser humano, tuvo éxitos y fracasos. Se retiró a Mount Vernon, pero su vida en la hacienda duró poco tiempo. En diciembre de 1797 murió a consecuencia de una neumonía, a los 67 años de edad. En su funeral, Henry Lee III dijo que había sido “el primero en la guerra, el primero en la paz, el primero en el corazón de sus conciudadanos”. La vida de Washington es un ejemplo para las empresas familiares. Supo retirarse de todos sus cargos a tiempo, desempeñarlos en beneficio de todos, construir de cero una nueva nación donde todos pudieran participar en su gobierno creando un espacio de todos y para todos.

Constituyó un ejército dónde sólo había hombres valientes y voluntariosos. Buscó siempre la unidad frente a la división, el compromiso frente al desacuerdo e institucionalizó sus actividades para que perduraran en el tiempo. Gobernó pensando en la posteridad y no en lo que opinaran de él en el presente. Sabía que era el primer eslabón de una larga cadena destinada a mantenerse en el tiempo. Por esa razón los EE.UU. surgieron como nación con el sello de perdurabilidad, de la estabilidad y de la renovación.

Fue un buen administrador de sus bienes y un empresario innovador. Gracias a su matrimonio aumentó su patrimonio inmobiliario y su posición social. Incrementó el tamaño de Mount Vernon de 2.000 a 8.000 acres (3.300 Ha). Superó la crisis del tabaco mediante la diversificación de sus actividades económicas. Por ejemplo, cambió el cultivo del tabaco por el del trigo, inició la molienda de la harina, la pesca, la cría de caballos y telares para mejorar los rendimientos económicos de sus tierras e inversiones, lo que le permitió no dejar deudas a sus herederos.

Salvador Rus, Profesor de Historia del Pensamiento y Director de la Cátedra de Empresa Familiar de la Universidad de León.

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