Isabel I de Castilla. Primera reina de España

Isabel era un princesa rubia de ojos verdes azulados y de piel blanca. Es la fisionomía que corresponde a una Trastámara descendiente de Catalina de Lancaster. Pese a ser una de las reinas más poderosas de su tiempo, siempre se distinguió por llevar una vida sencilla, austera, sobria y templada en todo. Su visión y profundas creencias religiosas dieron sentido y significado a todas sus obras y su tarea de gobierno.

Isabel fue hija del rey Juan II de Castilla y de la reina Isabel de Aviz, que había venido de Portugal. De ella  heredó el nombre, que por aquel entonces no era frecuente en Castilla. Nació en una pequeña villa de Ávila de realengo. Dos años después nació su hermano Alfonso. La familia se completaba con el hijo del matrimonio de Juan II con María de Aragón, Enrique, que  fue coronado como Enrique IV en el año 1454, cuando Isabel contaba con tres años.

Cuando murió Juan II, la reina viuda y sus dos hijos se trasladaron a Arévalo, donde Isabel asistió al deterioro mental de su madre, que sufría frecuentes ataques de locura. Allí vivieron de forma modesta y con estrecheces económicas. En estos años, Isabel cultivó la amistad de Beatriz de Silva, la fundadora de la Orden de las Concepcionistas Franciscanas y que más tarde sería proclamada Santa. En esta época adquirió una profunda formación religiosa y fortaleció su fe con la lectura de los Evangelios y libros de piedad, bajo la dirección espiritual de sabios y piadosos sacerdotes. Fue un momento de crecimiento interior,  mientras veía cómo se  desmoronaba su familia y, al mismo tiempo, el rey Enrique IV incumplía una y otra vez los acuerdos testamentarios de su padre con relación a la reina y los infantes.

El dolor de la división

Isabel vivía apartada de la Corte. Allí se decía que la hija del rey Enrique IV, Juana, era en realidad hija de la reina y de Beltrán de la Cueva. Por esta razón, a Juana se la conoce como la Beltraneja o bien “la hija de la reina”. Estas dudas impedían que pudiera ser proclamada Princesa de Asturias y, por tanto, heredera del trono. En esta coyuntura histórica, su hermano Alfonso, alentado por algunos nobles que querían utilizarlo para conseguir el poder y movido por su ambición personal, se sublevó contra el rey Enrique IV. En la “Farsa de Ávila” se proclamó rey deponiendo al monarca legítimo. Poco después, murió en Cardeñosa en circunstancias que inducen a pensar en un envenenamiento. Isabel aprendió del error de su hermano.

Cuando algunos notables de la Corte le propusieron que se enfrentara al rey y se proclamara reina, ella declinó el ofrecimiento porque mientras Enrique IV estuviera vivo, él sería rey y ella acataría su autoridad. Esta actitud le valió el nombramiento de Princesa de Asturias el 19 de septiembre de 1468 el acto se conoce como la Concordia de Guisando. A Isabel le correspondía ser Princesa, mientras que si pretendía  ostentar la dignidad de reina tendría que usurpar el cargo del rey legítimo y quebrantar la legalidad.

Desde ese momento Isabel fue la heredera de la Corona. El rey comenzó los contactos diplomáticos para celebrar un matrimonio que le reportara beneficios a ella y a Castilla,  y así se  inició un proceso en el que aparecen y desaparecen pretendientes. Desde 1457, Isabel estaba comprometida con el infante de Aragón, Fernando, acuerdo que se intentó romper a toda costa para evitar la unión de ambos reinos. Se buscó desposarla con Alfonso V de Portugal, pero cuando se conocieron en Guadalupe en 1464, ella lo rechazó por la diferencia de edad entre ambos. Cuando contaba con dieciséis años se vio comprometida con Pedro Girón, Maestre de Calatrava. Isabel rezó para que no celebrasen los desposorios. El novio murió de apendicitis cuando iba al encuentro de su futura esposa.

Se le buscaron más pretendientes que la alejaran de Castilla o favorecieran la unión con otros reinos, pero ella tenía claro que el mejor esposo era el infante de Aragón, Fernando, al que consideraba la persona idónea para llevar a cabo todo lo que soñaba. Isabel tuvo que burlar la vigilancia a la que estaba sometida y, por su parte, Fernando entró de incógnito en Castilla. Ambos se encontraron el día 14 de octubre y se casaron. Informaron a Enrique IV de que no habían contravenido ninguna de las disposiciones de Guisando, que habían actuado dentro de la legalidad y que reconocían su autoridad como Rey legítimo de Castilla. Desde aquel día hasta su muerte ambos esposos vivieron juntos construyendo su empresa y haciendo realidad sus sueños.

Superando las incomprensiones y la división

La descendencia llegó pronto, pero también la adversidad y la incomprensión. Isabel se vio rodeada de personas que querían sacar ventaja de su posición y que deseaban lo peor para ella y para su marido, y por ello tuvo que ir de un lugar a otro para salvar su vida, siempre junto a Fernando.  Unidos,  ambos maduraron, se formaron y se fortalecieron como pareja y como futuros reyes.

Cuando un 12 de diciembre de 1474 Enrique IV murió, solo y abandonado por todos, Isabel fue proclamada Reina de Castilla y recibió el acatamiento de todos los estamentos. Sin embargo, este hecho no significó la paz para reinar, sino que fue el comienzo de uno de los episodios más complicados y difíciles que vivió el Reino de Castilla: la guerra de sucesión entre los partidarios de Isabel y los de Juana la Beltraneja.

La guerra dividió al Reino en dos facciones. Portugal, por entonces un gran reino, intervino a favor de Juana.

La guerra terminó con la expulsión del ejército portugués y el sometimiento de nobles y de las ciudades rebeldes. Isabel y Fernando, en lugar de aplicar la fórmula de acabar con el vencido, mostraron cuál iba a ser su forma de gobernar: el perdón antes que la venganza, la magnanimidad con todos y la permanente búsqueda de la colaboración y la cooperación de todas las ciudades, villas y personas del Reino. De esta forma consiguieron la paz, el sosiego y la unión, y lograron comprometer en un proyecto común a todos los castellanos y, más tarde, a los aragoneses. El Papa Alejandro VI, en virtud de sus méritos, les concedió el título de Reyes Católicos, para ellos y sus descendientes, mediante la bula Si convenit, fechada el 19 de diciembre de 1496.

Isabel ejerció su título de Reina propietaria de Castilla de forma sobresaliente. Durante su reinado se incorporó el Reino Nazarí de Granada a los reinos de Castilla y Aragón, que estaban unidos en las personas de Isabel y Fernando. Así se consiguió realizar la llamada Unión de Reinos y acabar con mosaico de pequeños reinos que formaban España, aunque ella no vio la definitiva incorporación de Navarra, que completó la tarea comenzada con la boda secreta con Fernando. Creyó en proyectos que otros habían rechazado como, por ejemplo, el que le presentó Cristóbal Colón en el campamento de Santa Fe, cuando estaban a punto de conquistar Granada. Ella pensó tanto en la grandeza del Reino como en las almas que podían recibir el mensaje cristiano. Buscó la forma de financiar la empresa y no se equivocó: América fue española gracias a su visión de futuro y su confianza en las posibilidades de un marino experimentado, apasionado y ambicioso. Educó a sus hijos con rigor y austeridad. Les amó como madre, pero les exigió como reina. Todos estaban llamados en el futuro a ocupar importantes cargos y asumir responsabilidades que hay que conocer y aceptar desde joven. Sin esa educación humana, espiritual y política, la tarea de Isabel y Fernando no habría tenido continuidad.

Sin embargo, la desgracia se cebó con ella. Vio morir a su descendencia, tanto hijos como nietos. La muerte de su querido hijo Juan, heredero del Reino unificado, y el aborto de su esposa Margarita; la muerte de su adorada primogénita Isabel y de su nieto Miguel (que iba a unificar los Reinos de España con el de Portugal); la enajenación mental de Juana, que la desafió abiertamente en Medina del Campo cuando ella estaba muy enferma; los desplantes, la soberbia y la vida disoluta de Felipe el Hermoso, y la incertidumbre en la que vivió su hija Catalina tras la muerte de su esposo, el príncipe Arturo, la sumieron en una profunda tristeza que le llevó a vestirse de riguroso luto durante la última parte de su vida. No pudo asistir a su hijo Juan en el momento del tránsito de esta vida a la otra, así que cuando conoció la triste noticia parece que dijo: «El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea su santo nombre.»

La tristeza se apoderó de ella cuando vio que toda su política matrimonial, todo su trabajo para unir los reinos, iba a quedar en manos de una mujer capaz, pero demente, y de un príncipe extranjero, que no hablaba español y que era ambicioso.

Recluida en Medina del Campo a causa de la enfermedad que le impedía ejercer sus funciones de reina, murió el día 26 de noviembre de 1504 en el Palacio que ocupaban los reyes en Medina del Campo. Tras ella quedaba mucho por hacer, pero había sentado las bases para conseguirlo.

Las lecciones de una gran reina y excelente mujer

Isabel fue reina, esposa y madre. Ejerció estos tres papeles o roles de forma excelente y ejemplar. Como reina supo superar todas las dificultades que encontró en su camino, no sólo para reclamar sus derechos, sino también para asentarse en el trono y desde allí gobernar y cambiar el reino. Como esposa supo ser fiel y leal a los proyectos que diseñó con Fernando.. Ambos trabajaron mirando al futuro, desde un presente incierto y respetando unos compromisos que venían del pasado. Como madre fue una excelente educadora y transmitió a todos sus hijos el amor que sentía por cada uno de ellos. Sufrió con sus muertes, que truncaron vidas jóvenes y prometedoras y echaron por tierra empresas políticas que podrían haber beneficiado a muchos. Se repuso de todo este dolor para volver a gobernar y asumir sus funciones, esas que nadie podía ejercer en su lugar. Sólo la enfermedad mortal le impidió cumplir con sus obligaciones.  Era consciente de que el deber era apremiante y que tendría que responder de sus actos ante Dios y la Historia. Esa responsabilidad le animaba y mantenía activa en su trabajo en pro de todos súbditos.

La vida de Isabel nos enseña que hay que luchar para superar las dificultades cuando parece que todo está perdido. Quiso casarse con Fernando y lo consiguió, pese a los muchos pretendientes que le buscaron. No se plegó ante lo cómodo, sino que luchó por lo que creía que era mejor, aunque el camino estuviera jalonado de dificultades para conseguir los objetivos propuestos y los fines marcados Cuando todo estaba en contra, cuando no tenía a ningún partidario claro, cuando parecía que el ejército portugués y que los partidarios de Juana iban a borrarla del mapa, supo animar a los suyos para que lucharan por lo que creían y querían. En la victoria se mostró generosa con todos, para atraer a aquellos que podían y debían construir el reino y proyectarlo hasta el liderazgo mundial en el futuro. Los que no habían sido sus partidarios, eran perdonados y se convertían en sus más leales colaboradores. Contó siempre con un equipo cohesionado, motivado y entregado al proyecto y a las empresas. Escogió bien a sus colaboradores, por ejemplo, el Gran Capitán, que fue una pieza clave en la Guerra de Granada y en el asentamiento del dominio español en el Reino de Nápoles. O Francisco Cisneros, que fue su confesor, amigo y consejero y gran artífice de la continuidad dinástica y del mantenimiento de la Unión de Reinos.

Todos los que la trataron consideraron que era prudente, inteligente, con un ánimo fuerte y decidido para comenzar las empresas, y una constancia y una tenacidad como nadie las había tenido para concluirlas o dejarlas encauzadas para que otros las terminaran. Pese a ser una reina con recursos económicos, vivió de forma modesta, sobria y templada para dar ejemplo a su familia y a todos los súbditos. Tenía capacidad para escuchar a todos y solía decidir qué camino tomar después de consultarlo con sabios y expertos y, sobre todo, con su esposo Fernando. Así actuó, por ejemplo, ante la propuesta de Cristóbal Colón.

Decidió aprender lo que no sabía y lo consiguió. Por ejemplo, aprendió Lengua Latina gracias a las lecciones de Beatriz Galindo. Supo estar al frente de los proyectos y del ejército cuando era menester y también estar en la retaguardia con era necesario, animando  a los combatientes. Fue capaz de llegar a acuerdos con los reyes de Portugal, dejando a un lado rencillas y haciendo valer su consanguineidad con la Casa Aviz. Siempre buscaba sumar y multiplicar, nunca restar y dividir.

Trasladado al ámbito de la empresa familiar, podríamos decir que la función de Isabel fue la de líder emocional, familiar y empresarial que consiguió aglutinar a la familia y a la empresa en un proyecto común, que logró convertir lo que era una empresa y una familia, primero en empresa familiar y, luego, en una familia empresaria, de tal forma que sus descendientes tuvieron como función principal la de reinar para incrementar los dominios y generar bienestar y deleite en los súbditos.
Fernando el Católico, su esposo y amor de su vida, dijo de ella en su testamento: “Isabel era ejemplar en todos los autos de virtud y del temor de Dios”.

Salvador Rus, Profesor de Historia del Pensamiento y Director de la Cátedra de Empresa Familiar de la Universidad de León.

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