Julio César, el nombre de todo emperador

Entre el 7 y el 14 de enero de año 49 a.C. Julio César recibió la noticia de la concesión de los poderes excepcionales a su rival Pompeyo.

Inmediatamente ordenó que el ejército cruzara la frontera hacia el sur y tomara la ciudadmás cercana. Al anochecer, acampada la Legio XIII Gemina, Julio César avanzó hasta el río Rubicón, la frontera entre la provincia de la Galia Cisalpina e Italia. Durante la noche estuvo paseando durante varias horas por la orilla del río pensando en el destino del mundo y en el suyo propio. Había hecho una difícil, larga y exitosa carrera política y se lo jugaba todo a una carta. Sufría porque rompía la legalidad romana, padecía porque no sabía cuál podía ser el futuro de sus fieles y de sus hombres si fracasaba. Pero era el momento de apartar las dudasy dar a sus legionarios la orden de avanzar. Algunas fuentes han sugerido que fue entonces cuando pronunció la famosa frase: Alea iacta est (la suerte está echada), es decir, no había vuelta atrás.

El nacimiento del César Julio César vino al mundo en Roma el 13 de junio del año 100 a.C. y murió asesinado en la misma ciudad los Idus de Marzo (día 15) del año 44 a.C. Entre una fecha y otra trató de salvar a la República Romana, que ya daba muestras de descomposición. Su padre murió en una campaña militar y su carrera política quedó truncada. Su madre y preceptores lo educaron en el temor a los dioses, el respeto a las leyes y a las reglas de la decencia, practicando la modestia y la frugalidad.

Su facción política fue derrotada por el dictador Sila, que se hizo dueño de Roma y que para imponer su poder mandó matar a cuarenta senadores ya mil seiscientos caballeros. Sila quiso atraerse a un joven prometedor, Julio César, y le pidió que se divorciara de su mujer, Cornelia. El joven César se negó y sufrió la ira del dictador, que lo persiguió y le confiscó sus bienes. No tuvo más remedio que abandonar Roma. Julio César participó en la guerra contra Mitríades VI en Oriente. Durante la campaña mostró su gran capacidad de mando y un arrojo y valor personal encomiables, por lo que fue condecorado y distinguido.

Vivió en el exilio, siempre temeroso de ser apresado y asesinado por los sicarios de Sila hasta la muerte del dictador, acaecida en el año 78 a.C.
Al regresar, se dedicó a la abogacía y fue adquiriendo fama de buen orador. Julio César era ya un hombre osado, audaz y seguro de sí mismo. Y tras superar la muerte de su esposa mientras daba a luz a un niño que nació muerto y la pérdida de su tía Julia, a quien se había sentido muy unido, su carrera política comenzó a despegar con velocidad y seguridad.

Una carrera meteórica Julio César comprendió perfectamente su tiempo histórico. La República estaba en un proceso de disolución. La potencia que mantenía unidos a los romanos era un ejército mandado por generales que cosechan victorias, doblegan al enemigo y aseguran la subsistencia de la República. Y él, Julio César, leyendo en la línea del tiempo lo que sucedía en Roma, fue capaz de buscar la unidad dentro de un clima de enorme división. Su carrera fue meteórica.

Militarmente también brilló a gran altura. Su éxito más importante fue la conquista y el sometimiento de las Galias, un territorio más amplio que la actual Francia. Julio César derrotó a los helvecios en el año 58 a.C., a la con federación belga, a los nervios el 57 a.C., y a los vénetos el 56 a.C. Finalmente, en el año 52 a. C., venció a una confederación de tribus galas lideradas por Vercingétorix en la batalla de Alesia. Las crónicas de la campaña están registradas en sus Comentarios a la Guerra de las Galias. Su genio militar le llevó a utilizar en muchas ocasiones la táctica de sorprender al enemigo apareciendo ante él como por arte de magia. Diseñó unos brillantes asedios de ciudades; se puede calificar de genial el sitio de Alesia, donde con menos de cincuenta mil efectivos venció a una confederención mucho más numerosa en la batalla en la que se decidió el destino de los galos, y la incorporación de este extenso y rico territorio a los dominios de Roma.

En Roma, la situación se precipitaba hacia la guerra civil. El Senado no podía conservar la autoridad del gobierno. El pueblo era una masa informe que necesitaba líderes y alimentos. Los romanos juraban fidelidad a aquellos que les adulaban, pagaban con monedas sus votos y les daban medios para alimentarse, pero también les exigían apoyo en su intento de adueñarse de Roma. Y así se opusieron los dos astros emergentes en la República: Pompeyo y Julio César.

El primero, apoyado por el Senado, aparecía públicamente como el defensor de la República; el segundo, contaba con sus legiones y con la superioridad de su genio militar y político. Esta lucha no se podía decidir en el foro romano mediante discursos brillantes y  vibrantes. Ambos tenían que buscar espacios donde medir sus fuerzas y poner a prueba su capacidad para liderar la situación. Julio César se deshizo de su enemigo en el año 48 a.C. en Farsalia, se aseguró el apoyo de Grecia y Asia, y volvió a Roma como general invicto.

Sus éxitos militares en oriente y en Egipto fueron celebrados en Roma con unas fiestas y unas celebraciones que no tuvieron parangón en sus dimensiones y duración, y lograron escamotear la contienda civil en la que estaban enzarzados los romanos. Julio César, como buen conocedor de la condición humana, recompensó a sus tropas y oficiales con generosidad. Les asignó también terrenos lejos a Roma, para evitar problemas con los ciudadanos y, al mismo tiempo, establecer así colonias y asentamientos romanos en los territorios conquistados. Incrementó la asignación de trigo y aceite a cada ciudadano; organizó juegos en el circo con atletas y gladiadores; hubo fiestas durante días y se distribuyó gran cantidad de alimentos a la toda la población. Así se atrajo el favor del pueblo.

Tantos éxitos provocaron la envidia de los políticos y senadores romanos. Se le acusó de que quería ser coronado rey, que deseaba hacerse con el poder absoluto y total, pero la verdad era que deseaba salvar la constitución republicana y situar a Roma como una potencia hegemónica en todo el mundo conocido.

Seguro de su poder, pero descuidado de todos aquellos que conspiraban contra él, fue asesinado, hecho que provocó una tremenda conmoción en Roma. Los proyectos quedaron paralizados, y la ciudad se sumió en un caos. Shakespeare lo dramatizó espléndidamente en su obra “Julio César”, y el discurso fúnebre de Marco Antonio hoy día todavía se lee con gran provecho.

Las enseñanzas Julio César nos enseña que para asumir el control de una institución y de un estado hay que formarse bien, hay que tener experiencia de gobierno dentro y fuera de Roma, se deben dominar varias ciencias y artes como el derecho, la milicia, la política y la literatura. Se tiene que disponer de un sistema de propaganda que difunda los éxitos, para que los romanos se pusieran de su lado, porque así se evitaban problemas de orden interno y se puede contar con ellos para realizar proyectos políticos. Un líder necesita tomar decisiones difíciles y arriesgadas, esta actitud muestra la confianza en sí mismo y genera la adhesión de otros. Se debe cuidar conocer los límites de su actuación y mostrar clemencia hacia los enemigos que han sido vencidos y pueden ser útiles en la construcción del nuevo orden político.

Su final se debió a que no calculó bien el tiempo, la oportunidad y las circunstancias que le rodeaban. Llegó a creer que su éxito entre las masas populares se extendía a cualquier estamento social. No advirtió la conspiración, ni el odio de algunos senadores contra él y su creciente notoriedad. La República carecía de fundamento, estaba llamada a desaparecer porque era una sombra impotente. Su pilar era la voluntad de un solo individuo, pero él mismo podría haber conseguido realizar el cambio social y político sin necesidad de pagar el tributo de perder la vida.

 Salvador Rus, Profesor de Historia del Pensamiento y Director de la Cátedra de Empresa Familiar de la Universidad de León.

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