Octavio Augusto, el primer emperador

Mientras Roma había estado sumida en el caos y el desorden desde el año 44 a.C. hasta el 31 a.C., y el poder huía de la República y encontraba asiento en diferentes individuos, pero nunca en las instituciones que reconocía la constitución, Octavio Augusto, un prometedor senador y cónsul de la República, había logrado vencer a todos sus competidores y se disponía a ejercer el poder sin competencia alguna durante un largo período de tiempo. Octavio Augusto sabía que la República, en su tiempo, era sólo un nombre vacío de contenido y había que transformarla en un régimen autocrático pero revestido de formas republicanas, para no provocar nunca una ruptura, ni generar conflictos que arruinaran sus proyectos futuros.

El hecho más significativo del nuevo gobierno refleja este aparente desinterés típicamente republicano. Augusto dio un golpe de efecto ante la opinión pública, entregando todos sus poderes al Senado. La República quedaba restaurada y él se hacía con el título honorífico de «Padre de la patria» ya que, aparte de la República, también se restauró la paz. De ahí en adelante, todas las concesiones del Senado a favor de Augusto contarían con el aval de la legitimidad republicana. Se ganó una autoridad en la que los súbditos reconocían su capacidad como gobernante (Res Gestae Divi Augusti,XXXIV).

Creación de un nuevo orden

Este concepto de autoridad no era nuevo y se ajustaba a la mentalidad romana. Recordaba el prestigio y la influencia que correspondía, no por ley, sino por el peso de la tradición, a los hombres de Estado de más edad que formaban parte del Senado. Octavio Augusto, entonces, escogió hábilmente el título no oficial de Príncipe de los ciudadanos (Princeps civium), que correspondía al senador que tenía el derecho a hablar en primer lugar; se problamó el primero de los ciudadanos.

Podemos imaginar a Octavio Augusto en Alejandría ante el sepulcro de Alejandro Magno, con sus ideas imperiales reflejándose sobre el alabastro transparente del sarcófago, e intentando averiguar en qué había fallado el gran monarca para que su obra no hubiera tenido continuidad. Y allí descubrió que se necesita estructurar el territorio e implicar a los colaboradores en los proyectos, recabando de ellos sus ideas y sus opiniones. Deeste modo, planeó una sutil puesta en escena que encubría los verdaderos cambios que estaba realizando y quería realizar. Engañó a todos, pero nadie se sintió estafado porque todos formaban parte del proyecto y de la puesta en escena, cuyo último acto, teñido de un carácter propagandístico, fue hacerse con la dignidad de Pontifex Maximus, que le daba la llave de la religión romana y circundaba su autoridad con el halo protector de los dioses, dejando constancia de su respeto a la legalidad, de su paciencia al fin y al cabo (Res Gestae X).

Al poner la Religión al servicio de su proyecto político, Augusto mutaba esencialmente de general que acumula éxitos y victorias a hombre providencial, el agente llamado a convertir a Roma en una nación escogida, favorecida por los dioses. El sentimiento de admiración popular hacia los protegidos por la fortuna se orientó a partir de ese momento a asegurar su prestigio personal, y todos pasan por alto que la unión del poder político y del religioso es propia, y casi exclusiva, de los reyes.

La opinión pública aceptó dócilmente esta propaganda reformada gracias a la labor publicitaria de Virgilio y Tito Livio, que celebraban la grandeza de una Roma que se paseaba por el mundo sometiendo pueblos y aumentando su poder e influencia. Una Roma que era la imagen magnífica detrás de la cual se podía ocultar tanto la acumulación de poder de una persona, como el ideal mediante el que cabía reconciliar a todos los romanos y acabar con las luchas políticas que amenazaban la supremacía y la supervivencia de Roma. La repetición de la propaganda convierte en real y establece firmemente lo que en un principio parece solamente causal y posible.

Un proyecto integrador

El acierto y la virtud de Octavio Augusto fue mantener la unión entre los ciudadanos de Roma en torno a un proyecto común que cifró en la paz interna, fortalecer el régimen y engrandecer a Roma como proyecto. De este modo, logró los fines que se había propuesto: la unidad y el compromiso de todos los ciudadanos y de las instituciones políticas para conseguir los objetivos y no abandonar el propósito en el primer revés o fracaso. Se aseguraba la continuidad de sus planes, la adhesión de muchos superando las diferencias entre los implicados, personas e instituciones y la consecución de sus fines.

Octavio Augusto tuvo la habilidad de llevar a cabo su plan político, porque diseñó una estrategia a la que agregó elementos nuevos y diversos, convenció a las personas que podían oponerse a su proyecto político de la bondad del mismo que beneficiaba a todos, es decir, su propuesta pertenecía a todos y estaba pensada para todos los romanos, sin excluir a nadie.

Nunca mintió, pero jamás dijo toda la verdad y nunca se pudo saberlo que pensaba exactamente. No fue audaz, fue astuto porque ofreció una información fragmentaria a todos y no desveló sus pensamientos y sus intenciones. Cada paso que dio en la demolición de la República no tuvo marcha atrás. Estableció una alianza casi perfecta entre su autoridad personal y la religión que perdurará en la historia de las ideas política europea durante siglos sin solución de continuidad.

La asignatura pendiente de Augusto, como la de otros muchos grandes personajes históricos, fue realizar una sucesión exitosa que consolidara su importante proyecto político. No se olvidó de preparar minuciosamente el proceso, de preparar las instituciones para que en el momento oportuno se cumplieran las previsiones se realizara su voluntad, pero nadie reina más allá del final  de sus días. Sin embargo, en este caso sus elegidos fueron desapareciendo, muriendo en extrañas circunstancias hasta que la sucesión recayó en Tiberio, con el que mantenía importantes diferencias políticas a causa de su doblez y de su capacidad para alentar las más bajas pasiones, pero que tenía una ventaja indudable: era el hijo, predilecto, fruto del primer matrimonio de su mujer Livia.

De este modo, el sucesor fue una persona que no estaba capacitada, ni formada, ni generaba la adhesión de los demás y se reveló incapaz de asumir el cargo y la posición. Tiberio, el sucesor, en lugar de integrarse fue tolerado porque había sido impuesto, y se tolera aquello que se desea con todas las fuerzas que desaparezca cuanto antes. Como Tiberio no se sintió comprendido, abusó del poder y se fue desprestigiando hasta verse obligado a dejar Roma y retirarse a vivir en una isla cercana a Nápoles.

Una sucesión poco preparada

La vida y la inmensa tarea que llevó a cabo Octavio Augusto nos ofrece una lección sobre el gobierno y la dirección de los asuntos públicos. Supo aprovechar sus oportunidades. Concentró sus energías y sus esfuerzos en conseguir llevar a cabo una inmensa tarea en la que otros habían fracasado. Consiguió llevar a buen término sus reformas sin oposición porque comprendió que tenía que ser obra de todos o de un amplio número de colaboradores y ciudadanos. Alcanzó las metas que se propuso sin pagar un alto precio por ello y sin provocar odios que indujeran al asesinato, que era la forma habitual de perder la vida de los reformadores. Pero tampoco toleró ningún ataque a la unidad de mando: él gobernaba y tenía el poder que compartía temporalmente con quien deseaba y con aquellos que les eran útiles para sus propósitos.

Toda su vida se condujo por la senda del cambio pero sin caer en la revolución que genera conflictos, animadversión y luchas que acaban con las empresas y frustran los proyectos. Se ganó al pueblo para su causa y a muchos los convirtió en propietarios, pero alejándolos de la ciudad; engrandeció Roma y supo estructurar los territorios incorporados, se puso al frente de los ejércitos y estableció un período largo de paz y prosperidad.
En el momento del cambio generacional, tuvo que ceder ante la presión familiar próxima y nombrar sucesor a una persona, Tiberio, que nunca consideró ni digna, ni capaz de continuar y engrandecer su obra. Dejó este mundo con el regusto amargo que provoca la tristeza de ver cómo toda su obra quedaba en manos de unos personajes que la iban a utilizar en provecho propio, y que así se sembraba el germen de la decadencia y la corrupción. Con él murió su obra, no supo darle continuidad porque careció de capacidad para transmitir no sólo un legado, sino también una forma de actuar y un aprecio hacia la empresa que había fundado, porque él fue el proyecto, que sin él carecía de sentido. Convirtió el poder y su ejercicio en patrimonio personal y excluyente, así impidió a otros entender qué pretendía y por qué actuaba.

Cuando las capacidades directivas declinan es el momento de ejercer un liderazgo en el que prime el servicio y la donación a otros, y no el lucimiento y la acumulación de cargos, reconocimientos y dignidades.

Salvador Rus, Profesor de Historia del Pensamiento y Director de la Cátedra de Empresa Familiar de la Universidad de León.

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