Victoria I de Gran Bretaña, la internacionalización de un proyecto familiar y político

(Londres 24 de mayo de 1819 – Isla de Wight 22 de enero de 1901)

No era la primera en la línea de sucesión al trono de Gran Bretaña, pero las circunstancias familiares determinaron que un 20 de junio de 1837 fuera coronada Reina hasta su muerte, acaecida 64 años más tarde. Fue también la primera Emperatriz de la India desde el uno de enero de 1877.
El largo reinado de Victoria I se conoció con el nombre de “Era Victoriana”, y estuvo marcado por la gran expansión y asentamiento del Imperio Británico en todo el mundo, por la Revolución Industrial y un número significativo de cambios sociales, económicos y tecnológicos en sus territorios, que abarcaban todo el mundo. La gestión acertada de este complejo proceso de transformación mundial consiguió que Gran Bretaña se convirtiera en su época en la primera potencia mundial.

Victoria llegó al trono de una manera accidental porque todos los sucesores que le precedieron en la línea dinástica fallecieron por circunstancias diversas. Esta situación permitió que recibiera una educación esmerada y adecuada para asumir las responsabilidades a las que estaba destinada a la temprana edad de 18 años, el límite para ceñirse la corona y no depender de un regente. Su coronación fue un gran acontecimiento en Gran Bretaña y despertó una gran ilusión entre la población, porque veían en ella todos los ideales que desde hacia años se defendían entre los británicos.

Difícil aprendizaje en los inicios

Los primeros años del reinado se caracterizaron por una continua alternancia entre los grandes  partidos dominantes de la política británica: los Whigs, partido liberal, y los Tories, partido conservador. Estos primeros pasos de una inexperta reina estuvieron marcados por la inestabilidad en el exterior. Todas las dificultades se superaron gracias a su entrega constante, pues nunca escatimó esfuerzos y dedicación a sus tareas de gobierno. Como reina asumió en todo momento las responsabilidades y las exigencias del cargo y de su posición.

En muchas ocasiones se vio obligada a intervenir en los asuntos de política internacional, como la Primera Guerra del Opio en China, las rebeliones de Canadá y Jamaica que amenazaban la unidad del Imperio y a su misma autoridad. Por otro lado, también tuvo que tomar parte en los asuntos de la política doméstica intentando ordenar las continuas alternancias en el poder de ambos partidos. Para superar y sacar provecho en todas las situaciones críticas contó con buenos, leales y excelentes colaboradores que siempre le aconsejaron lo mejor para que el momento crítico se convirtiera en una oportunidad de reforzar su autoridad y, por ende, el prestigio de la monarquía entre sus súbditos.

Contaba casi 21 años cuando decidió casarse, por amor, con su primo Alberto de Sajonia, un 10 de junio de 1840. Los maledicentes dijeron que Alberto aceptaba el matrimonio con la Reina de Gran Bretaña movido por el deseo de conseguir un status social privilegiado, que su casa no tenía, pero la realidad fue que ambos formaron un matrimonio unido, feliz, fiel hasta la muerte y comprometido con el proyecto familiar y político que tuvieron entre manos y se vieron obligados a desarrollar.

Alberto se convirtió desde el primer momento en su más cercano e influyente consejero, desplazando a otros políticos de largo recorrido y probada experiencia. Alberto fue su apoyo sentimental y personal, la persona que le dio seguridad en toda su tarea como reina. De esta relación nacieron nueve hijos, cuyas uniones conyugales con diversas casas reinantes europeas concedió a Victoria el apelativo de la “Abuela de Europa”.

Las dificultades propias del gobierno de tan vasto imperio fueron solucionadas y superadas gracias la paciencia, observando la legalidad y cauces políticos establecidos, a los que no dudaba en someterse para que no cayera sobre ella la acusación de déspota, o para no alterar a favor de parte de la vida política británica. Un ejemplo es lo que le sucedió con el Ministro de Exteriores Lord Palmerston, cuyas quejas y acusaciones contra él fueron remitidas al Parlamento, que no atendió su petición hasta tres años después, tiempo que esperó la Soberana para que se hiciera justicia y se destituyera al ministro.

Integrar un imperio

Los territorios sobre los que ejercía su soberanía como reina estaban en los cuatro continentes. Integrarlos era una tarea que requería una constante y permanente dedicación. Un ejemplo fue cómo cuidó de la vecina Irlanda, que había constituído un problema grave para muchos de sus antecesores en el trono. La tierra era pobre, la población estaba dispersa y se sentía agraviada por el dominio británico.

Su intuición y sentido del deber le llevó a visitar esas tierras por las que sintió gran afecto hasta su muerte. Así, durante una de las grandes plagas que devastó los cultivos provocó la muerte de un millón de irlandenses y la emigración de otro millón, la Reina donó la cantidad de 5.000 libras para ayudar a los necesitados y encabezar una cuestación para aliviar las penalidades de la isla vecina.

Poco antes de su muerte, fue personalmente a animar el reclutamiento de jóvenes irlandeses para la segunda Guerra de Crimea. Una forma de ordenar los territorios y unirlos en un proyecto común, fue la organización de la primera Feria Mundial en 1851 que se conoció con el nombre de Gran Exposición. Fue todo un éxito porque los visitantes y, sobre todo, la prensa se asombraron ante los avances científicos, las novedades y los inventos expuestos para la ocasión. En ella se mostró el potencial de Gran Bretaña y su domino en el todas las facetas de la acción humana. La idea y la ejecución fue de su esposo Alberto, pero los elogios se los llevó la Corona y la Reina.

Por otro lado, la política se complicaba en el interior con continuos cambios de primeros ministros; y en el exterior con con la Guerra de Crimea contra Rusia, la segunda Guerra del Opio en China y la revuelta de los Cipayos en la India. Tres puntos fundamentales del Imperio que de no ser pacificados podrían dar al traste con tan importante proyecto político. Una vez más la acertada y prudente intervención de la Reina y su equipo de colaboradores, encabezados por su esposo Alberto, logró superar dos lustros de inestabilidad y afianzar el Imperio en todos estos lugares donde una frágil y quebradiza paz política se veía continuamente amenazada Zanjados los problemas más complicados en el exterior, en 1861 sufrió dos golpes muy fuertes que generaron un cambio radical en su carácter y en su forma de entender la vida y sus responsabilidades como Reina. En marzo de ese año murió su madre y en diciembre su esposo, gran amor y excelente consejero. Su irreparable pérdida la sumió en un pesar y una melancolía que le costó superar.

Desde ese momento, Victoria canceló su vida pública, no salió por las calles de Londres donde su figura formaba parte del paisaje urbano. Su retraimiento fue tan acusado que se la conoció como la “Viuda de Windsor”, porque estaba permanentemente encerrada en su residencia real. La peor consecuencia fue que se volvió desconfiada, impaciente y abandonó parte de sus responsabilidades. Este cambio de carácter desprestigió a la Corona y a la institución monárquica y alentó el movimiento republicano. Su participación en la vida política fue mínima y muy limitada. Su actitud es reprochable porque pese al dolor y la soledad que sentía, no podía abandonar sus responsabilidades, porque los británicos confiaban en ella y la necesitaban.

Buenos primeros ministros

El alejamiento de la vida política se compensó con una cualidad innata de Victoria: saber elegir a los políticos adecuados para los momentos difíciles. Efectivamente, dos grandes primeros ministros se alternaron en el poder, William Gladstone, un liberal al que la Reina detestaba pero al que necesitaba y a quien reconocía su valía personal, y Benjamín Disraeli, conservador, excelente político, con una visión de Estado excepcional, que logró grandes éxitos y consiguió para la Reina el título de Emperatriz de la India, que la situó en el primer lugar entre la realeza europea.

Estos dos grandes políticos no sólo mantuvieron el gran Imperio Británico, sino que lo cohesionaron formando de un conglomeado de razas y de territorios una unidad que se proyectó con fuerzas y con eficacia a dominar todo el mundo, convirtiendo el reinado de Victoria como el más importante y fuerte de la Historia de Gran Bretaña.

Victoria manejó la política con la mentalidad pragmática de una excelente líder familiar y empresarial. En ella, la unión y el prestigio en la familia se vieron compensados con su liderazgo político. Supo en todo momento asumir el peso y el honor de la responsabilidad que demandaba su cargo y posición. Aprendió de sus errores al subir al trono joven e inexperta. Pesaba sobre ella el prestigio y el ejemplo de su antecesora, Isabel I, que logró constituir y mantener un gran imperio, pero sobre todo, colocar a Gran Bretaña enel liderazgo de la política.

La tarea a la que se enfrentó sobrepasaba con mucho sus fuerzas, pero logró realizarla porque se formó para ello, se esforzó y se dedicó con pasión, no delegó ninguna de sus obligaciones, asumió sus responsabilidades y supo elegir a las personas adecuadas para momentos muy concretos en los que las cualidades y la habilidad de un primer ministro eran necesarios o imprescindibles. Fue especialmente acertada la elección de Disraeli y la compenetración de ambos, pero también supo pasar por encima de sus gustos y preferencias, que para ella habían sido la causa de muchos de sus errores y fracasos, y entregó la responsabilidad de dirigir el Imperio a personas con las que no tenía ninguna simpatía. Pero como eran las más adecuadas en el momento, y las que tenían el apoyo de los electores, ella se entregaba a la voluntad de su pueblo, apartando sus preferencias personales.

El rasgo más negativo de Victoria fue dejar a los británicos huérfanos durante un tiempo, cuando más la necesitaban, porque sentía una profunda soledad y un intenso dolor tras la muerte de sus dos seres más queridos: su madre y el amor de su vida, el Príncipe Alberto, su marido, su cómplice en la política, su único consejero en los asuntos de Estado. Así pues, cuando se asume la máxima de gobierno responsabilidad, los asuntos personales, por dolorosos que sean, deben quedar en un segundo plano y no influir en el devenir de la empresa.

Finalmente, no supo preparar adecuadamente a su sucesor para que no sólo disfrutara del cargo y posición de Rey, sino que fuera capaz de comprender la alta responsabilidad a la quese enfrentaba. Y fracasó en esta tarea porque no acertó a deslindar sus funciones de reina y madre, que tenía que formar a un heredero y que debía transmitir los principios y valores que deben concurrir en la persona que asume el liderazgo de un reino, de un proyecto universal, de una empresa y de una familia.

Por Salvador Rus, Profesor de Historia del Pensamiento y Director de la Cátedra de Empresa Familiar de la Universidad de León

Un comentario

  • Maximiano

    Maximiano dice:

    Enhorabuena muy bueno el artículo. Un saludo.

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