Al-hakam II, el califa de la política para la paz

(Córdoba, 13 de enero de 915 – Córdoba, 16 de octubre de 976)

Al-Hakam II sucedió a su padre Abderramán III, el fundador del Califato cordobés, continuó la política de paz establecida y desarrollada por él, y llevó el brillo de la Corte Omeya a su máxima expresión. En unos versos de un historiador árabe del siglo XIII se decía que “Te hiciste cargo del califato en su mejor momento / y con la piedad de que das muestras embelleciste su apogeo”. Estas palabras fueron escritas para recordar el momento en el que Al-Hakam II accedió al trono en el año 961. Durante los quince años que duró su reinado, el califa se esforzó por conservar y acrecentar la paz en las fronteras de al-Andalus, esa paz que tanto esfuerzo le había costado a su padre conseguir, y llevó a su máximo nivel y expresión el brillo y el prestigio de la Corte de los Omeyas.

Una formación para asumir el poder

Abu-Asal-Hakam (conocido como Al-Hakam) nació un 20 de enero del año 915 en una buena hora: el momento en que se llamaba a la oración en la mezquita mayor de Córdoba, hecho que fue considerado como un excelente augurio. Su cabello pelirrojo, sus ojos oscuros y su tez clara mostraban la mezcla de sangre de los omeyas andalusíes, pues su madre era una cristiana llamada Maryan.

Desde muy temprana edad fue reconocido y declarado como el heredero al trono con el título oficial de wali al-ahd. En ciertos aspectos, no fue ése un  destino envidiable. Mientras sus hermanos, al llegar a la mayoría de edad recibían un palacio y una bella esposa, Al-Hakam permaneció encerrado en el Alcázar de Córdoba, apartado de toda compañía femenina, puesto que su padre había decidido que no tuviera descendencia antes de que él muriera y, además, se veía obligado a acompañar a su padre en las campañas militares. En estas circunstancias se le impuso una dura disciplina y se le formó como el futuro Califa. La vida durante esos años tuvo que ser muy dura y difícil para un espíritu sensible al arte y a los libros. A pesar de todo, la soportó con paciencia porque era el precio necesario para convertirse en el sucesor de su padre.

Tenía  46 años cuando accedió al trono y, pese a la edad, no tenía descendencia. Siendo Califa heredó el enorme harén que estaba compuesto por unas 6.300 personas entre esposas, concubinas, eunucos y servidoras. Una de estas concubinas era una mujer de origen vasco, Subh, que, al igual que las demás, había recibido una educación exquisita que incluía estudios de lengua, música, danza, poesía y otras artes. Fue ella quien le dio su primer hijo, Abderramán, que murió a los pocos años.

En año 965 Subh dio a luz a Hisham, el futuro Califa. Al-Hakam II profesó un amor por la madre de sus hijos tan profundo que cuando se despedía de ella para iniciar una campaña sufría por la separación hasta el punto, como él mismo decía, que  creía que iba a morir.

Un gobernante sabio y piadoso

Los largos años de formación y de preparación para el ejercicio del gobierno forjaron la personalidad de Al-Hakam en otros aspectos. Durante su infancia y juventud tuvo importantes y sabios preceptores, como el filólogo Abu Ali al-Qali y el gramático Al-Zubaydi, que le infundieron un amor muy especial y duradero por las ciencias y las artes, que le valió el calificativo de Califa Sabio. Siempre mostró una preocupación incansable por recopilar obras que fueran ejemplo de todo el saber humano y gracias a esa sensibilidad logró formar la biblioteca más grande  jamás vista en Occidente, que reunió 400.000 libros en un tiempo en el que los textos se escribían a mano. Al parecer tenía textos de todas las épocas y de todos los lugares donde la sabiduría humana hubiera florecido y asentado.

No es de extrañar que el reinado de Al-Hakam represente el apogeo de las letras y las ciencias en el al-Andalus, que empezó a generar una literatura y unos progresos científicos en el Califato de Córdoba y alcanzó las más altas cotas de desarrollo en aritmética, geometría y medicina.

También fomentó una renovación de la piedad religiosa. Al subir al trono tomó el sobrenombre de “el que busca la ayuda de Alá”, y durante todo su reinado no olvidó en ningún momento que la función religiosa iba aparejada con su título califal como Príncipe de los Creyentes. Una de sus actuaciones más recordadas fue la apertura de tres escuelas públicas coránicas en la mezquita de Córdoba, y de muchas otras en la ciudad y sus alrededores. En ellas los maestros cobraban de la administración para enseñar el Corán a los hijos de los pobres y enfermos de la ciudad.

Al-Hakam impulsó también una ambiciosa ampliación de la Mezquita de Córdoba, entre los años 961 a 965, que la convirtió en el lugar de oración y el centro de la vida religiosa. Derribó el muro de la qibla y amplió el oratorio en doce crujías, y lo dotó de una serie de lucernarios cubiertos con bellas cúpulas nervadas y de una macsura con presencia de arcos polilobulados y entrecruzados.  Además  construyó el mihrab, concebido por primera vez como una estancia octogonal, cuya portada fue decorada con bellos mosaicos realizados por maestros bizantinos enviados por el emperador de Constantinopla. El resultado fue un lugar con una decoración exuberante que todavía hoy se puede admirar.

No es extraño que los historiadores árabes lo recordaran como una persona religiosa, virtuosa y piadosa, uno de los soberanos más justos, devotos y sabios, modesto y digno de elogio, de excelente e intachable conducta personal, que supo llevar las exigencias del cargo con gran dignidad e incluso dándole renombre.

Nuevos equipos para una nueva corte

Al contrario de lo que  pueda parecer, Al-Hakam no fue un califa que se distinguiera por ponerse al frente de los ejércitos con frecuencia. No fomentó las expediciones militares, pero realizó alguna para hacer cumplir los pactos firmados con otros reinos.

Él prefirió vivir en palacio, separado de sus súbditos por barreras arquitectónicas y por un protocolo muy estricto. Situó su residencia habitual en Medinat al-Zahara (Medina Zahara), una nueva ciudad palatina construida de nueva planta por su padre, cerca de Córdoba.

Al-Hakam II fue un gran amante del ceremonial de la corte y ofrecía a sus invitados largas recepciones oficiales en las que se promovía la imagen de un poder fastuoso y, a la vez, lejano. Durante sus años de gobierno recibió numerosos visitantes y embajadores extranjeros, como el destronado rey leonés Ordoño IV; el representante de Borrell II, Conde de Barcelona, Gerona y Osona; una embajada bizantina y otra proveniente de Arabia, y algunas delegaciones venidas de los reinos cristianos y de la misma Roma. Esta actividad muestra el poder y la influencia que se atribuían al califa de Córdoba en estos años.

El ascenso del Al-Hakam al trono supuso un cambio importante en la forma de gobernar el Califato. Desde la llegada de los Omeyas a Al-Andalus en el año 753, los poderosos linajes árabes habían ocupado los cargos públicos hasta convertirlos en su patrimonio familiar y formaban parte de la herencia que transmitían los padres a los hijos. Al-Hakam, sin embargo, decidió rodearse de sangre nueva y renovar todos los cargos. Buscó hombres curtidos en la frontera  con los reinos cristianos, individuos con capacidad y formación aunque no pertenecieran a un linaje noble o ilustre, personas que habían demostrado tener méritos suficientes para desempeñar los cargos, pero a todos les hizo saber que su fortuna se la debían a su soberano.

Muestra de este cambio fue el ascenso de Yafar ibn Abd al-Rahman, un prisionero de guerra convertido en esclavo, que llegó a ostentar el cargo más importante del Califato después del propio califa, el de hayib. Bajo su control se encontraba la administración central y todos sus visires, era el encargado de coordinar el ejército y la flota, manejaba la cancillería, inspeccionaba el sistema tributario y dirigía la casa real. Su nombre está escrito en el mihrab  de la Mezquita de Córdoba junto al del califa. Otro ejemplo sería el caso de Durri al-Sagir, esclavo que fue el encargado del Tesoro y que llegó a amasar una gran fortuna.

A partir del año 974 Al-Hakam comenzó a sufrir continuas enfermedades y su salud se resintió. Falleció dos años más tarde. Le sucedió su hijo Hisham, de apenas once años, que quedó bajo el control de dos personas muy importantes, el hayib Al-Mushafi y Almanzor, que había hecho una fulgurante carrera política  y   se benefició de las intrigas palaciegas producidas durante la sucesión. Este último se hizo con todo el poder, no en vano su nombre significa “El victorioso”. El resto de los hombres de confianza de Al-Hakam fueron asesinados o depuestos.

El legado de un califa

Lo más destacable es su ‘revolución’ social y política basada en la igualdad de todos los grupos étnicos y religiosos para acceder a los puestos de gobierno, que suposo el fin de la nobleza militar árabe, berberisca o de cualquier otro origen. El respeto a los cristianos, a los judíos y a la inmensa parte de la población, así como la constitución de una casta gobernante basada en el mérito y la capacidad de las personas, y de una clase media comercial y administrativa, constituyeron las bases del desarrollo y el bienestar del Califato durante su reinado.

Exigió el cumplimiento de los acuerdos pactados con otros reyes, aún cuando éstos con mucha frecuencia no los observaban. Para él cumplir con lo pactado era esencial como gobernante que deseaba tener credibilidad y mantener la concordia entre los distintos reinos, como es el caso de Sancho I de León, que puso en marcha una maquinaria militar para hacer cumplir los pactos.

Introdujo importantes reformas en la actividad económica, que se basada en la agricultura y la ganadería. El cultivo de cereales y legumbres fue particularmente intenso. Los excedentes de aceitunas, uvas e higos fueron exportados hacia Oriente y se consiguieron importantes beneficios. Se introdujeron nuevos cultivos que se adaptaron al clima de la Península: el arroz, el naranjo y el toronjo, y se construyeron sistemas de riego y canales para garantizar las cosechas y mejorarlas. La masa forestal alcanzó probablemente su extensión máxima en la península y fue aprovechada para la construcción de barcos, en especial en los astilleros de Tortosa, que le permitieron defenderse de las invasiones de los vikingos a los que repetidamente venció en Sevilla.

Fue capaz, dentro de la dignidad y etiqueta del Califato, de formar equipos independientes y muy unidos a su persona y a sus proyectos. Consiguió el compromiso inquebrantable de sus colaboradores más directos como muestra el caso de Durri al-Sagir, que al morir legó todos sus bienes y fortuna al califa.

Su gran error fue no controlar las decisiones que tomaban sus favoritos y dejar en su manos, con la connivencia de su concubina, todos los asuntos de gobierno. Esto provocó un malestar en las familias importantes y nobles del Califato, que impidieron que el proceso de sucesión se llevara a cabo tal como Al-Hakam II había previsto, y la continuidad del Califato se vio amenazada.

Por Salvador Rus, Profesor de Historia del Pensamiento y Director de la Cátedra de Empresa Familiar de la Universidad de León

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