Blas de Lezo y Olavarrieta, un hombre sin miedo a la vida

(Pasajes, Guipúzcoa, España, 3 de febrero de 1689 – Cartagena de Indias, Nueva Granada, 7 de septiembre de 1741)

Blas de Lezo nació en Guipúzcoa y defendió al Imperio Español de los ataques ingleses y de otros enemigos; quizá sea esta la razón por la que su vida ha permanecido en el anonimato durante años. En cambio, si hubiera nacido en los Estados Unidos, habría sido ensalzado como héroe y le habrían dedicado algunas películas que mostraran al gran público sus hazañas y sus grandes gestas dignas de ser rememoradas y puestas en valor.

Fue conocido como «el Patapalo» o medio hombre porque en el desempeño de su vida militar quedó sucesivamente cojo, manco y tuerto. Pero nadie le puso reprochar su coraje, su valentía y su determinación ante los problemas a los que tuvo que hacer frente como hombre y como militar. Si tuviéramos la oportunidad de ver su hoja de servicios, descubriríamos que su vida fue una sucesión de combates, abordajes y desembarcos, defensa de plazas y toma de fortalezas. Por ejemplo, en Cartagena de Indias, con seis navíos, hizo frente y venció a una escuadra inglesa compuesta por 186 embarcaciones y  un ejército diez veces superior al suyo.

Así era este marinero que siempre se distinguió por su bravura, clarividencia estratégica y capacidad para animar a sus soldados en el combate para que dieran lo mejor de sí mismos, y alcanzar la victoria entre todos en circunstancias muy adversas. Nunca dio un paso atrás, nunca cedió una posición.

Un marino vocacional

Las playas de la apacible villa de Pasaje despertaron su vocación marinera. A los once años se fue a Francia a formarse para ser un hombre de mar. Vivió con desasosiego y preocupación la Guerra de Sucesión, entre los partidarios del Infante Don Carlos de Austria y los de Felipe de Anjou, que finalmente fue coronado rey de España con el nombre de Felipe V. Pero lo que más tristeza produjo en el ánimo de los españoles y, en concreto de los militares, fue comprobar cómo el poder hegemónico en Europa cambiaba de manos y pasaba de España a Inglaterra en el mar, y a Francia en el continente. Para agregar todavía mayor aflicción y sensación de fracaso, los españoles comprobaron que el escenario bélico en el que se dirimían las diferencias de ambas naciones emergentes (Francia e Inglaterra) lo constituyeron los dominios europeos y americanos de España, causando un irreparable daño material, profundo malestar y una sensación de derrota en la población, que se veía como súbdito de unas potencias contra las que antaño había luchado.

Blas de Lezo entró en combate a los quince años como guardiamarina de la armada francesa en las costas de Vélez, donde tuvo que luchar contra ingleses y holandeses. Allí una bala de cañón destrozó su pierna izquierda, que tuvo que ser amputada sin anestesia, en vivo. El joven marino no se permitió exhalar ni un solo grito de dolor. Su acto le valió el reconocimiento de sus superiores y un ascenso a alférez de navío.

Tenaz y obstinado, hizo de la mar su hogar, su pasión y su modo de vida. Volvió a Pasaje cojo, pero con un barco inglés capturado. Ambos hechos causaron perplejidad entre sus paisanos. Pronto fue llamado a participar en la defensa de las plazas de Peñíscola, Palermo y Toulon, donde estuvo destinado durante un tiempo. Con solo 17 años se le encomendó la difícil misión de abastecer a los soldados de Felipe V que luchaban por conseguir recuperar la ciudad de Barcelona, en manos de los partidarios de Carlos de Austria.

Contaba con una exigua flota, seis navíos y, consciente de la inferioridad militar y los peligros que tenía que afrontar, decidió poner en práctica una táctica para conseguir realizar la misión. Colocó en las balsas paja húmeda que al arder formaba una cortina de humo que impedía a los austracistas (los partidarios del archiduque Carlos de Austria) disparar contra los barcos de Lezo. Entonces su flotilla abrió fuego para intentar alcanzar las defensas y las baterías de Montjuïc y el Tibidabo. La técnica artillera que utilizó fue cargar los cañones con unos casquetes de armazón delgado con material incendiario dentro, así cuando eran disparados e impactaban en los buques austríacos, ingleses y holandeses fondeados en el puerto o allá donde hacían blanco, provocaban un estallido destructivo seguido de un incendio que reducía a cenizas todo lo que encontraba a su paso, dificultando la posibilidad de recuperar las naves y las mismas fortalezas.

Poco después, en la defensa del fuerte Santa Catalina, una esquirla le destrozó el globo ocular y perdió el ojo izquierdo. Blas era cojo y tuerto con menos de 20 años. Finalmente, en el sitio de Barcelona de 1714 que puso fin a la Guerra de Sucesión, Blas recibió un disparo de en el brazo derecho, que tuvo que ser amputado. A los 25 años, nuestro marino ascendido a capitán de navío, tras haber perdido una pierna, un brazo y un ojo.

Cualquier otro se habría retirado a su villa de Pasaje a contar historias y a entretener a sus paisanos con sus gestas, cobrando una pensión para mutilados en actos de guerra. Pero él todavía tenía que realizar sus más importantes gestas tanto en el Pacífico como en el Atlántico, y allá se fue este marino que llevaba en sus venas el mar y la defensa de su patria.

El terror de los piratas, vuelta al Mediterráneo y de nuevo América

En 1720 puso rumbo a un nuevo destino: América. Allí consiguió limpiar los Mares del Sur de piratas y corsarios que infectaban sus aguas, impedían el desarrollo del comercio y perturbaban la paz de las ciudades y villas de los territorios de la Corona en Perú. Además, se casó con Josefa Pacheco, hija de una prominente familia limeña, que se enamoró del marino por su porte y elegancia a pesar de sus carencias físicas. Tuvo con ella seis hijos.

Terminada su misión en América, solicitó su traslado a España, porque tenía importantes diferencias con José Arméndariz, virrey de Perú. En 1730 regresó a Cádiz con toda su familia, nombrado jefe de la escuadra del Mediterráneo, territorio donde realizó una acción digna de un gran estratega. España reclamaba a la República de Génova dos millones de pesos que se encontraban en el Banco de San Jorge. Para obtener el dinero, Blas de Lezo se fue con seis navíos al puerto de la ciudad. Allí, según cuentan los historiadores, amenazó a los diputados diciéndoles que si en unas horas no se recibía el dinero reclamado, destruiría la ciudad. El conflicto se resolvió sin disparar un solo cañonazo. De Lezo, además se moverse por el mar, sabía persuadir a sus enemigos.

Su fama de buen estratega, excelente marino y militar resolutivo fue el aval para un nuevo destino, un nuevo ascenso y un nuevo traslado a América, concretamente a la puerta del Imperio que era, en aquellos días, Cartagena de Indias, entonces capital del Virreinato de Nueva Granada. Como comandante general escribió sus páginas más heroicas y rindió los más importantes servicios a la Corona española.

Cartagena era la plaza más deseada por todas las naciones, especialmente por Inglaterra, que ejercía su dominio en América del Norte. Entre los militares se la conocía como “la llave de América”. En 1739, Inglaterra declaró formalmente la guerra a España. Cartagena pasó a ser el objetivo fundamental de esta confrontación en América. En 1741 los ingleses presentaron ante las costas de la ciudad una auténtica armada compuesta por 186 barcos, 60 navíos más que  la famosa Armada Invencible de Felipe II, y 25.000 soldados al mando de Edward Vernon, que estaba convencido de que lograría aplastar a la resistencia española e implantar una colonia para controlar todo el comercio el Virreinato de Nueva Granada.

Blas de Lezo contaba con 3.000 soldados y seis navíos: Galicia, que era la nave Capitana, San Felipe, San Carlos, África, Dragón y Conquistador, además de una  amplia experiencia militar acrisolada en más de veinte batallas. La flota inglesa desplegó todo su poder en la bahía y sus velas formaron una muralla blanca que impedía alcanzar el horizonte con la vista. Cualquiera, ante tamaña manifestación de poder, se habría rendido. Pero Lezo no contaba entre sus palabras la de “rendición” y diseñó una táctica para vencer a su enemigo, que se mostraba seguro de una victoria.

Trabajar en equipo contra todos los pronósticos

Ante un adversario tan poderoso y que exhibía tanta capacidad de fuego en sus cañones, no había otra opción que hostigarlo para empujarlo y situarlo en el terreno que convenía a Blas de Lezo. Impidió la navegación por la bahía quemando sus propios navíos y organizó una guerra de guerrillas en tierra llevando la lucha a un espacio lleno de mosquitos y otros insectos que transmitían enfermedades mortales. Dio la orden de que no se abandonara ninguna posición en ningún caso y bajo ninguna circunstancia.
Así, bajo un fuego intenso de artillería, durante 69 días de asedio en los que se dispararon más de 28.000 cañonazos, 8.000 bombas impactaron en la Cartagena y se sufrieron todo tipo de privaciones, lograron que los ingleses no conquistaran Cartagena y tuvieran que retirarse derrotados. El general inglés, Vernon, minusvaloró la capacidad de Lezo y de su exiguo ejército, así como al estratega que tenía enfrente, que con tácticas desconcertantes pero muy eficaces consiguió doblegar la fuerza naval y terrestre inglesa. El balance era estremecedor. Los ingleses tuvieron 6.000 bajas y 7.500 heridos, perdieron 25 navíos de guerra y 50 de transporte, y 1.500 cañones que capturaron los españoles. En cambio, el ejército de Lezo perdió 800 soldados y tuvo 12.000 heridos, y perdió 6 barcos, hundidos en aguas cartaginesas.

Vernon fue destituido, pero sus restos descansan en un lugar destacado en la Abadía de Westminster, y  dio nombre a Mount Vernon, la casa  donde nació y se crió George Washington, pues su hermano Lawrence luchó en las filas del inglés.

En cambio, Blas de Lezo fue cesado por los informes incriminatorios y sectarios del virrey de Nueva Granada, que lo acusó de pasivo, temeroso y cobarde. Cuando llegó su destitución en octubre de 1741, cuatro meses después del final de la batalla, Blas de Lezo había fallecido víctima de la peste. Murió sin honores y sin reconocimiento, pero hoy se puede leer en el Museo del Caribe en Colombia que “gracias a él ahora se habla español en Sudamérica y no inglés». Esta victoria aseguró el dominio español de los mares durante medio siglo, hasta la derrota de Trafalgar.

Las lecciones de un hombre de honor y valor

Blas de Lezo nos ofrece varias lecciones que se pueden poner en práctica en las empresas familiares. En primer lugar, siempre realizó aquello que tenía que llevar a cabo, sin dudarlo y por encima de sus gustos y conveniencia, en el momento en que se le exigía y con la intensidad que debía para conseguir tener éxito. Situó lo colectivo o comunitario por encima de lo personal. Asumió retos que otros habría rehusado porque conducían a una derrota segura y a mancillar el honor y la hoja de servicios.

En segundo término, ejerció un liderazgo indiscutible sobre sus equipos humanos, que le condujo a la victoria en las circunstancias más adversas y en las condiciones más complicadas cuando todos daban por segura una derrota total y estrepitosa. Los ingleses, antes de que terminara el sitio de Cartagena acuñaron monedas y medallas en cuyo anverso se podía leer: «Los héroes británicos tomaron Cartagena el 1 de abril de 1741» y «El orgullo español humillado por Vernon». Tan convencidos estaban de su éxito que lo proclamaron a los cuatro vientos sin haberlo conseguido. Mientras tanto, Blas de Lezo trabajó para lograr que los suyos vieran coronados sus esfuerzos con la victoria sobre un enemigo muy superior y mejor armado.

En tercer lugar, utilizó de forma adecuada y exprimiendo todas las posibilidades los medios materiales de que disponía, normalmente siempre inferiores en número y en calidad a los de los competidores. Por tanto, se vio obligado a sumar a estos medios experiencia, imaginación y determinación, buscando siempre el punto débil del enemigo para conseguir derrotarlo. Su estrategia en cada batalla y sus tácticas en cada momento fueron las adecuadas para que el adversario no lograra alcanzar su fin.

En cuarto término, sus condiciones físicas no eran las más adecuadas para brillar en la carrera militar y en sociedad, pero pese a perder partes fundamentales de su cuerpo: pierna, brazo y ojo, suplió estas carencias con el desarrollo de virtudes y potenciando sus ventajas competitivas. De tal manera que sus mutilaciones actuaron como revulsivo para ser más eficaz en las complicadas misiones que le fueron encomendadas.

Finalmente, como persona de éxito no fue reconocido ni siquiera por sus propios superiores, que intentaron que cayera en el olvido y que sus gestas quedaran sepultadas en las densas tinieblas de la Historia. Esto fue así porque no buscó su gloria personal, sino el servicio a sus ideales humanos, vitales y militares, y el estricto y fiel cumplimiento del deber que se le encomendaba, sabiendo que los éxitos se consiguen con la entrega personal y la coordinación de las fuerzas de todo el equipo humano que le asignaban para realizar la misión. Sabía que solo nada podía, pero que con otros era capaz de vencer al peor y más temible de los enemigos.

Por Salvador Rus, Profesor de Historia del Pensamiento y Director de la Cátedra de Empresa Familiar de la Universidad de León

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