Florence Nightingale. La pasión por la formación

Florence Nightingale nació en el seno de una familia acomodada y muy vinculada a la política. Su vida se desarrolló en una época de grandes cambios sociales en la que florecieron las ideas reformistas y liberales que su abuelo y su padre apoyaron, como por ejemplo la abolición de la esclavitud. Su padre tenía ideas muy claras de cómo debía ser la formación de sus hijas y, como en aquel momento las hijas de las buenas familias no iban a la escuela, les procuró una instrucción  tan completa y exigente como si fueran varones. Esta manera de actuar era coherente con las ideas que su progenitor defendía sobre la mejora de la formación de las mujeres como medio para mejorar la sociedad. Esta pasión por educar acompañó a Florence durante toda su vida y marcó sus actividades.

Encauzando el talento

A los 17 años, como afirmó en sus escritos, sintió que tenía una “vocación” específica para hacer algo y dejar de lado la animada vida social que llevaba su familia y su entorno. Su deseo de poner en práctica lo aprendido y de enseñarlo a otros chocó frontalmente con los planes de sus padres, que deseaban verla bien casada y ocupada de sus hijos y su marido. Las tensiones duraron  una década, hasta que Florence decidió que con treinta años había llegado el momento de hacer su vida independiente y buscar un campo en el que desarrollar sus cualidades y poner en valor sus conocimientos. Deseaba realizar sus proyectos vitales en  los ámbitos de la enfermería y de la enseñanza, pero se encontró con que no tenía formación alguna para tener éxito en ninguno de ellos.

En 1845 solicitó a sus padres permiso para trabajar en la Clínica de Salisbury. Como era de esperar, se lo negaron, porque para su familia una enfermera era menos que una criada o cocinera: pesaba mucho la imagen difundida por Charles Dickens en sus novelas. Ser enfermera no era un trabajo digno para una mujer de su clase social.

Pese a la falta de apoyo de su familia, empezó a ayudar a Samuel Gidley Howe, pionero en la educación de ciegos, en su tarea.   Su amistad le sirvió para perseverar en su vocación y no ceder ante los reveses familiares y los prejuicios sociales. Así, años más tarde enseñó a un grupo de niños pobres, sus ‘ladronzuelos’, como ella los llamaba, y esta experiencia le permitió conocer de primera mano el fenómeno de la pobreza extrema en la que vivía una buena parte de la población, y poner a prueba su capacidad para ser útil y ayudar en esos casos.

En 1849 realizó un viaje por Grecia y Egipto, y a la vuelta visitó en Düsseldorf el hospital de Kaiserswerth, fundado por el pastor Theodore Flidner. Allí mismo tomó la decisión de acudir a formarse con ese grupo de personas y en ese espíritu, pese a la fuerte oposición de su familia. En Kaiserswerth recibió la formación que necesitaba y estaba anhelando para convertirse en enfermera, una instrucción teórica y práctica orientada a la atención de los enfermos en hospitales.

A su vuelta a Inglaterra, en 1851, se encontró que no podía aplicar sus conocimientos y su formación y escribió: “las mujeres anhelan una educación que les enseñe las reglas de la mente humana y cómo aplicarlas”. No obstante, por cuenta propia, amplió sus conocimientos visitando hospitales de Gran Bretaña y Europa. Conoció directamente la situación de la sanidad pública, el estado lamentable de los hospitales y sintió la necesidad de formar al personal sanitario y reformar la sanidad.
Finalmente, en 1853 consiguió su primer empleo como enfermera en el sanatorio de señoras de alta sociedad de Londres. Allí tuvo la oportunidad por primera vez de aplicar sus conocimientos y sus experiencias  y logró tener el reconocimiento de todos como profesional y como organizadora de la atención a las enfermas.

La oportunidad: la Guerra de Crimea

La información que llegaba a Gran Bretaña sobre los soldados que luchaban en Crimea, una de las muchas guerras coloniales, era puntual y precisa gracias a que ya existían corresponsales de los periódicos que informaban con rapidez. Este hecho, insólito hasta entonces, movió al Gobierno a enmendar algunos errores que en otras circunstancias habrían pasado desapercibidos. Uno de ellos fue mejorar la atención médica a los soldados y heridos. Para eso nombraron a Florence Nightindale como directora del cuerpo de enfermeras: era la primera mujer que ocupaba un cargo oficial en el ejército.

Ella sabía que su posición era débil entre los oficiales y los médicos. La soportaban porque estaba designada desde arriba, pero no tenían ningún interés en integrarla en la rutina del ejército, y menos aún escuchar sus exigencias y críticas. Con estos antecedentes decidió no provocar enfrentamiento alguno, sino buscar la complicidad y la colaboración de todos. La medida dio sus frutos. En menos de un mes se vieron las mejoras en los hospitales y en la comida que se servía a los enfermos y heridos.
Florence se volcó con los soldados. Les ayudaba en todo. Incluso hizo de escribiente para aquellos que no sabían escribir y querían enviar noticias a sus seres queridos. Fomentó una serie de reformas que fueron aplaudidas por los soldados y más tarde asumidas por el Secretario de Estado para la Guerra en forma de decretos. Su buen hacer le sirvió para ganarse la admiración y el respeto de la misma Reina Victoria y el afecto de la población por haber cuidado a sus hijos con esmero, cariño, dedicación y profesionalidad.

Durante su estancia en Crimea, muchos testigos contaron que por la noche recorría los seis kilómetros de pasillos donde estaban los enfermos y heridos iluminada por un candil. De ahí que la apodaran la “Dama del Candil”.  Algunos besaban su sombra cuando cubría su lecho de dolor.  Parece que ella fue lo único que se pudo salvar en una campaña desastrosa en todos los sentidos.

Esta experiencia vital le llevó a conocer el lado más triste y cruel de la guerra, pero también le granjeó una gran fama y una autoridad moral. Apoyada en esta imagen exigió y puso en marcha una comisión que investigara la muerte de 16.000 soldados por enfermedad, frente a los 4.000 caídos en los campos de batalla.

Años de lucha por formar enfermeras y médicos

En 1857 logró que, tras muchos ruegos y escritos, se formara la Comisión Real sobre la Sanidad en el Ejército, que adoptó como plan de formación básica de médicos, enfermeras y soldados las directrices marcadas por Florence. Esta fue la semilla de lo que más tarde se convertiría en la Escuela de Medicina Militar. Otra victoria más en la lucha de una mujer por cambiar la mentalidad de su tiempo.

Mientras tanto, Florence se concentró en la formación de enfermeras. Su insistencia en que, para facilitar el estudio y la reflexión, cada alumna enfermera debía tener su propia habitación en el Hogar Nightingale muestra que no sólo le preocupaba el aspecto práctico de la formación, sino también  los temas más personales y de la intimidad de las mujeres. En sus primeros años, la Escuela Nightingale tenía las siguientes características: era independiente, pero estaba vinculada a un hospital; las alumnas dependían únicamente de la enfermera jefe; la escuela proporcionaba un hogar a las alumnas; la instrucción de las alumnas corría a cargo de miembros del hospital (monjas y médicos); de la evaluación se encargaban las monjas y la enfermera jefe; las alumnas recibían un salario mínimo durante su formación; el contrato de alumna enfermera estipulaba que ésta debía aceptar, tras su formación, un puesto en algún hospital elegido por la institución, cuya política consistía en enviar grupos de enfermeras para difundir el sistema Nightingale de formación en otros hospitales.

La nueva labor de Florence Nightingale encontró muchas dificultades, como siempre había sucedido con todas sus iniciativas,  pero como se trataba de una verdadera formación que pronto rendiría sus frutos, las enfermeras formadas en su Escuela alcanzaron un prestigio enorme entre la opinión pública y entre los responsables de la dirección y funcionamiento de los hospitales. En menos de veinte años se formaron más de 600 enfermeras. Poco a poco, el centro fue atrayendo a alumnas con mejor formación y capacitación, que alcanzaban una cualificación excelente.

El método se internacionalizó con éxito gracias a la emigración de muchas de las alumnas a otros países como Australia, Canadá, Estados Unidos, India, Alemania, Finlandia, Suecia, etc., lo que permitió crear una red internacional de trabajo y de intercambio de experiencias entre escuelas de enfermería que aplicaban el método Nightingale. Cuando se asociaron, el candil que había iluminado la vida y la esperanza de los enfermos y heridos se convirtió en el emblema de la profesión,  como símbolo de la luz de la cultura y del estudio para sanar y cuidar a los enfermos.

Para Florence Nightingale, la enfermera tenía que tener una alta cualificación técnica y profesional aprendida en las aulas, en el intercambio de experiencias con otras enfermeras y en los hospitales, pero también era necesario ser moralmente intachables para conseguir el bienestar del paciente. Solía decir que una vez que “habían aprendido a aprender” tenían el deber de ponerlo en práctica con aquellos que lo necesitaban.

Tuvo una influencia decisiva en la creación de la Cruz Roja Británica en 1870, y fue miembro de su comité de damas y se interesó por las actividades del movimiento hasta su fallecimiento. Jean Henri Dunant, fundador de la Cruz Roja, siempre reconoció que su trabajo estaba inspirado en la labor de Florence.

Murió a los noventa años en su habitación en Londres. Su legado fue inmenso. Reformó las estadísticas sanitarias, la atención a los enfermos, la formación de enfermeras y médicos, inspiró la fundación de la Cruz Roja y trató de que los hospitales fueran un lugar para mejorar la salud, no la antesala de la muerte.

Las enseñanzas de una mujer excepcional

Florence Nigthingale supo aprovechar la formación que recibió en casa para diseñar planes y proyectos que le ocuparon toda la vida. Luchó contra las adversidades y contra los convencionalismos sociales que no favorecían sus empresas. Fue capaz de mostrar a un mundo regido por hombres, la necesidad de cambiar muchos aspectos de la medicina hospitalaria para mejorar la salud y salvar vidas. Su empeño por trabajar en algo que fuera útil para todos le llevó a entregarse sin medida y sin pensar en sí misma a lo que creía que tenía que hacer y era mejor para todos.

No buscó su gloria y honra personal, aunque la obtuvo multiplicada por mil, y no sólo en el corazón de los británicos, sino también por parte de la reina Victoria y los políticos de su tiempo. También obtuvo el reconocimiento de los científicos y de los médicos, hasta el punto que el día de la enfermería se celebra coincidiendo con  su nacimiento.

Impuso un método que pensaba que era el mejor para la profesión médica asistencial, un método que se internacionalizó porque era bueno pues servía para lo que había sido pensado: mejorar la vida de los enfermos en los hospitales mediante los cuidados y la técnica moderna de enfermeras formadas para tal fin.

Fue capaz de formar equipos para llevar a cabo sus proyectos y buscó siempre institucionalizar los logros para que aquellos fueran perdurables. Todo lo que emprendió lo hizo, en una primera fase, sola, pero pronto se rodeó de un equipo capaz de seguir su estela y mantener vivo el proyecto.

Porque si algo había aprendido viendo el dolor y la fugacidad de la vida fue que todo es contingente y que las obras perduran cuando se ha preparado adecuadamente a un equipo para que las continúen y las mejoren, lo que  supone preparar con tiempo a los sucesores e infundirles el compromiso de seguir con el proyecto introduciendo las variaciones que estimen necesarias para adaptarlo a la evolución del tiempo que cada uno vive.

Salvador Rus, Profesor de Historia del Pensamiento y Director de la Cátedra de Empresa Familiar de la Universidad de León.

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