Francisco Jiménez de Cisneros, un hombre tenaz e infatigable

(Torrelaguna, Madrid, 1436 – Roa, Burgos, 8 de noviembre de 1517)

Francisco Jiménez de Cisneros recibió en la pila bautismal el nombre de Gonzalo, que cambió por este con el que le conocemos al ingresar en la Orden Franciscana, en honor a su admirado y venerado fundador. Hijo de una familia hidalga, sus padres Alfonso Jiménez y María de la Torre tenían poca fortuna, no obstante llegó a convertirse en uno de los más importantes personajes de nuestra historia por un conjunto de circunstancias ajenas enteramente a su voluntad, pero que le brindaron posibilidades de actuar a favor de muchos y, sobre todo, de España.

Una vida  dedicada al estudio, la oración y la acción

Fue estudiante del Estudio Viejo de Alcalá, anejo al convento de los franciscanos. Realizó estudios universitarios en Salamanca, donde consiguió el grado de bachiller en Derecho que le abría las puertas para aspirar a ocupar cargos administrativos civiles y eclesiásticos.  No satisfecho con las posibilidades que le daban sus títulos, decidió completar su formación en Roma, de donde regresó pronto a España debido al fallecimiento de su padre. Volvió de este viaje con una bula del Papa Paulo II que le otorgaba el primer beneficio que quedara vacante en el arzobispado de Toledo, y al poco tiempo quedó libre el arciprestazgo de Uceda. Por aquel entonces, era titular de la diócesis el arzobispo Alfonso Carrillo, que tenía destinada la prebenda a un pariente suyo. El poderoso prelado buscó todos los argumentos posibles para convencer a un joven sacerdote como Cisneros para que renunciara, pero no contaba con el carácter y el temple inflexible e incorruptible del futuro cardenal. El arzobispo lo envió a la cárcel pero él no renunció a su derecho, hasta que el prelado, convencido por algunas personas, cedió y le permitió tomar posesión del arciprestazgo Uceda.

Pero, ante el temor de otras represalias, decidió trasladarse al obispado de Sigüenza, donde fue nombrado capellán mayor en 1480, bajo la protección del cardenal Pedro González de Mendoza, quién supo apreciar el valor de Cisneros y fue  quien, inopinadamente, le ayudó a iniciar y consolidar su carrera política y eclesiástica. Ante la sorpresa de todos, en 1484 abandonó la capellanía y solicitó su ingreso en el convento de los franciscanos de San Juan de los Reyes en Toledo. Vivió durante ocho años en pleno retiro espiritual. Fueron, según confesión propia, los años más felices de su vida. Cisneros poseía una poderosa elocuencia, a veces simple, pero honda y profundamente humana, que le llevó a arrastrar las multitudes. Vivió en los conventos de Castañar y la Salceda. Poseía dotes para el mando, pero a veces era excesivamente inflexible y riguroso.

Asumiendo tareas de gobierno

1492 fue un año fundamental en la Historia del España. Por entonces Cisneros tenía fama y era conocido por importantes personalidades de la vida política. Tras la conquista de Granada, fue  designado arzobispo de la ciudad fray Hernando de Talavera, que era el confesor de la reina. Entonces el cardenal Mendoza recomendó para este cargo a fray Francisco Jiménez de Cisneros, del que conservaba la mejor opinión. Ni él mismo lo esperaba, pero el cargo le llevaba de forma inevitable a intervenir en política como consejero de la reina. Su capacidad de trabajo y su compromiso con la Orden Franciscana le llevaron a aceptar el cargo de provincial para realizar su primer gran proyecto: la reforma de su Orden, que llevó a cabo durante varios años superando la oposición de sus hermanos y logrando restablecer la observancia estricta a la regla franciscana en su inicial y primigenia pureza.

Nadie lo esperaba, pero muerto el cardenal Mendoza, Cisneros fue designado, por recomendación del difunto, para sucederle en la silla primada de Toledo el 20 de febrero de 1495. Desde esa posición inició su segundo proyecto: un amplio programa de renovación para su Iglesia e, incluso, para toda la provincia toledana. Con objeto de llevarlo a cabo, obtuvo amplias facultades del Papa Alejandro VI. Convocó sínodos diocesanos en Alcalá (1497) y Talavera (1498), promulgó nuevas constituciones inspiradas por criterios pastorales, organizó una serie de visitas a los arciprestazgos y dictó importantes prácticas para la mejor realización de la cura de almas, claramente precursoras de las leyes tridentinas que regularán la vida pastoral. En uno y otro caso encontró una encarnizada resistencia: los franciscanos acudieron al general de la Orden; los canónigos al Papa. Todo fue inútil. La reforma siguió adelante y se consolidó.

En 1499 los Reyes Católicos le pidieron que les acompañara a un viaje a Granada. Allí se dio cuenta de que la tarea de conversión encomendada a fray Hernando de Talavera avanzaba a un ritmo muy lento y decidió instalarse en la ciudad para impulsarla. Mediante conferencias con los alfaquíes y dádivas, métodos normales en la época, obtuvo en las primeras semanas unos resultados sorprendentes, hasta el punto que el Papa llegó a enviarle una felicitación, pero a la vez atrajo el odio de los musulmanes. Sin arredrarse y convencido de que actuaba de la manera correcta, Cisneros empleó mano dura contra los que ofrecían resistencia y encarceló a los más peligrosos. El resultado fue un terrible motín que estuvo a punto de costarle la vida al propio Cisneros, que inmediatamente se vio obligado a abandonar la ciudad. Cisneros vio con tristeza cómo su celo excesivo por conseguir la conversión de los infieles provocaba una terrible guerra de guerrillas en las Alpujarras.

Tres años más tarde, en 1502, dominada ya la insurrección, obtuvo de los reyes el permiso mediante una orden para que los mudéjares de Castilla fuesen obligados a convertirse o a emigrar. Este es un hecho que los historiadores juzgan de forma muy diferente, y después de tantos siglos todavía resultar difícil juzgar este momento. Si hubo por su parte dureza habría que preguntarse, analizando la situación de España en esos años, ¿no era ciertamente un tremendo peligro para la unidad política recién conseguida, la existencia de contingentes de musulmanes, correligionarios y simpatizantes de turcos y berberiscos que amenazaban Europa desde diversos frentes?

Más ocupaciones políticas e iniciativas culturales

La reina Isabel la Católica enfermó y Cisneros permaneció a su lado en la Corte. Se había convertido en su consejero más fiel. Mientras proseguía con su actividad pastoral como arzobispo, inició un nuevo proyecto que le entusiasmó: fundar la Universidad de Alcalá de Henares. Cuando la vida de la reina se apagó, Cisneros no estaba en Medina del Campo. Fue una hora decisiva para Castilla. La lealtad no podía estar dividida: había que elegir entre Felipe el Hermoso y Fernando el Católico. El arzobispo se inclinó por este último y tomó parte activa en todas las negociaciones de la concordia de Salamanca, que determinó el alejamiento del rey Fernando de Castilla. Después, por consejo del rey aragonés, se quedó al lado del monarca flamenco, porque era necesario estar en Castilla en estos momentos.

En 1506 murió Felipe I. Cisneros, obrando por su propia autoridad, constituyó una regencia con los nobles más fieles a la memoria de Isabel y reclutó tropas. Así logró abortar los manejos interesados de una camarilla de descontentos que quería entregar la regencia a Maximiliano de Austria, y barrer del mapa toda la influencia que pudiera ejercer Fernando el Católico. El cardenal y la reina Juana le dirigieron un mensaje en el que le urgían a volver, pues era necesaria su presencia. Fernando, hábil político y conocedor de cómo se ganan las voluntades y lealtades, volvió y le trajo a Cisneros el capelo desde Roma, en nombre del Papa. Cisneros había llegado a la cumbre de la carrera eclesiástica cuando inicialmente solo aspiraba a ser un fraile recluido en un monasterio perdido en medio de la meseta. Pero además, Fernando el Católico le impuso otra carga sobre sus hombros: en 1507 le encomendó la dirección de la Inquisición. Desde entonces, la presencia de Cisneros se hizo insoslayable en el escenario político castellano.

Cisneros aprovechó la presencia de Fernando el Católico para dar un impulso a un proyecto que siempre había acariciado: la conquista del Norte de África. En 1507, el dinero de la archidiócesis de Toledo sirvió para financiar la expedición victoriosa contra Mazalquivir. Al año siguiente, el cardenal reclutó un ejército de 20.000 hombres que, al mando de Pedro Navarro, conquistó Orán, Bujía, el reino de Tremecén, Argel y Túnez, y obligó a los reyezuelos de estos territorios a declararse súbditos de España.. La campaña no siguió porque Cisneros no confiaba en las buenas intenciones de Fernando el Católico.

Antes de morir el monarca, Cisneros tuvo la oportunidad de mostrar su firmeza y tesón. Fernando no quería ahorrar sufrimientos a Cisneros. Deseaba obtener la permuta de Toledo por la de Zaragoza, que ocupaba su hijo natural Alfonso de Aragón. La voluntad inflexible del franciscano impidió que tal proyecto se llevara a cabo.

Fernando no tenía simpatía por Cisneros desde los días de Granada, pero en el fondo de su alma de gobernante y político pragmático sentía una profunda admiración por aquel hombre duro, tenaz, infatigable, indoblegable e incorruptible, que aprovechaba todo el tiempo libre que le permitía el leal y fiel servicio a su rey para crear la magnífica y moderna Universidad de Alcalá, y para preparar la edición de la Biblia Complutense. Cuando Fernando murió le dejó encomendada la regencia durante la minoría de edad de su nieto Carlos de Gante. En el fondo, el viejo político curtido en mil batallas no se fiaba de nadie más para hacer cumplir estrictamente sus disposiciones testamentarias. El 23 de enero de 1516, Cisneros tomó posesión de su gobierno y se mantuvo en él a pesar de la oposición de muchos nobles e incluso del infante don Fernando, hermano de Carlos nacido en España.

Cisneros consiguió que el propio príncipe heredero don Carlos confirmase su nombramiento de regente, aunque tenía un gran enemigo: la nobleza. Contra ella organizó una milicia destinada a constituir un cuerpo de 30.000 hombres que impondrían la autoridad de la corona en todas partes. Los nobles trataron de impedirlo y fomentaron incluso rebeliones, como la de Valladolid, que fue la principal. Cisneros dominó los motines e impuso a los nobles el reconocimiento de Carlos como rey y no solo como regente. Hasta dos guerras exteriores hubo de realizar: una en Navarra, en donde Juan de Albret retornaba con ánimo de recobrar su reino; y otra en el Mediterráneo, contra el corsario Barbarroja. La primera se tradujo en una victoria castellana; la segunda fue una derrota.  Cisneros no pudo ya contar nuevos triunfos en el escenario norteafricano.

La organización de los nuevos territorios americanos fue otra de las más intensas preocupaciones del Cardenal-Regente. A partir de 1500 promovió diversas expediciones de misioneros, especialmente franciscanos, y llegó  incluso a desprenderse de sus más íntimos colaboradores, como fray Francisco Ruiz, que partieron como misioneros a las Antillas. Impulsó la creación de las primeras sedes episcopales y se preocupó de la instrucción de los religiosos destinados a la actividad misionera. En 1516, intentando encontrar una solución para el problema de las encomiendas, vivamente discutido en España y América, envió a las Antillas a tres religiosos jerónimos (Bernardino de Manzanedo, Luis de Figueroa y Alonso de Santo Domingo) con instrucciones muy precisas para la reorganización de los poblados indios y para proceder a la administración de los nuevos territorios. El estudio y la discusión de estos problemas continuaron durante muchos años después y marcaron el desarrollo de la política española en América.

Carlos tenía prisa por venir a España y reinar. Sus consejeros para contrarrestar la eficaz labor de Cisneros enviaron sucesivamente a tres personas: Adriano de Utrecht, deán de Lovaina, La Chau y Amerstoff, para controlar la actuación del Cardenal, pero no lograron su objetivo porque el viejo prelado, que seguía gozando de gran prestigio y autoridad ampliamente reconocidos,  logró con energía y sagacidad superar todos los obstáculos y seguir su acción de gobierno. Finalmente, el rey llegó a España un 19 de septiembre de 1517. Cisneros salió a su encuentro, pues deseaba verse con él para trasladarle la herencia que había recibido de sus abuelos los Reyes Católicos. Se encontrarían en Mojados, cerca de Valladolid. Pero el anciano cardenal no llegó a conocer al monarca cuya corona había salvaguardado íntegramente, pues murió en el camino, en Roa, el 8 de noviembre de 1517.

Un hombre fiel, leal y austero

Cisneros demostró poseer una honda visión de las posibilidades que ofrecía cada situación y cada momento histórico. Defendió con ímpetu juvenil los proyectos y la herencia que había recibido de sus antecesores, pese a contar ya con más de ochenta años. No consintió que Adriano de Utrecht, preceptor del príncipe Carlos, se hiciera con la regencia, invocando su legitimidad para ocupar el cargo. Pero como no quería tenerlo como enemigo, lo asoció a las tareas de gobierno.

Contuvo a los nobles que deseaban recuperar su autoridad perdida frente al poder real, entonces vacante y representado por él y deshizo las intrigas de los que deseaban promover al trono al infante don Fernando. Todo ello en virtud de un principio básico: lealtad a la misión recibida y para preservar la legalidad en todas las acciones. Se esforzó por sanear la hacienda reduciendo gastos, reorganizó el ejército con nuevas ordenanzas y fomentó la artillería y la marina para defender las costas de España de los ataques berberiscos y, también, para garantizar las rutas hacia América.
 
Si algo podemos aprender de Cisneros es que fue capaz de bosquejar un proyecto y de diseñar una estrategia para conseguir su objetivo, siempre de forma decidida y derribando los obstáculos que aparecían mediante el uso adecuado de los medios que tenía a su alcance. Actuó tratando de integrar voluntades y formando equipos, nunca quiso trabajar solo ni pensó en el beneficio propio, y siempre hizo a todos sus colaboradores copartícipes del éxito.

Por Salvador Rus, profesor de Historia del Pensamiento y Director de la Cátedra de Empresa Familiar de la Universidad de León

Un comentario

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