Gestión de riesgos en la empresa familiar: los riesgos evitables

Por Miguel Ángel Ariño, profesor de análisis de decisiones del IESE

Dirigir una empresa, sea familiar o no, implica asumir riesgos. No es posible evitar todos los riesgos, pero sí que existen mecanismos para intentar minimizarlos. En esta serie de artículos veremos los distintos tipos de riesgos que existen y cómo se pueden gestionar. El primer artículo se centra en los riesgos evitables, aquellos que se pueden evitar si se hacen las cosas bien.

En general, las personas somos reacias a tomar decisiones porque decidir significa arriesgarse a que algo salga mal. Para evitar los riesgos, preferimos dejar las cosas como están, pero hemos de ser conscientes de que no se pueden evitar todos los riesgos y de que, además, no arriesgar también es arriesgado, porque conduce al inmovilismo.

Si trasladamos estas reflexiones al ámbito empresarial y nos centramos en la dirección de empresas, nos daremos cuenta de que es inevitable arriesgar: un directivo no puede evitar tomar riesgos, porque su tarea consiste principalmente en decidir. Dirigir es decidir y decidir es arriesgar.

Ante esta realidad, todo directivo debería aprender a gestionar los riesgos para desempeñar adecuadamente sus funciones y evitar que el temor a equivocarse le paralice. Para hacerlo, el primer paso es entender qué es un riesgo y conocer los distintos tipos que existen.

Una situación de riesgo es aquella en la que puede acabar ocurriendo algo desagradable. Podemos distinguir tres tipos de riesgos: los riesgos evitables, los estratégicos y los riesgos externos. Y cada uno de ellos se gestiona de forma específica. En este artículo nos centraremos en los riesgos evitables y abordaremos los otros dos tipos de riesgos durante los próximos meses.

¿Cómo enfrentarse a los riesgos evitables?

Los riesgos evitables son aquellos que suceden porque se hace algo mal. El hundimiento del Titanic supuso la materialización de un riesgo que era evitable. Si no se hubieran cometido una serie de errores que se cometieron, se habría evitado el choque. Otro ejemplo de riesgo que se podría haber evitado es el vertido de petróleo de British Petroleum (BP) en el golfo de México en 2010. Días antes del accidente se detectaros filtraciones de gases en lugares dónde no debían aparecer y se vio que las junturas de algunos pozos no estaban bien selladas. Había indicadores que alertaban de que las cosas no iban como debían, pero la empresa ignoró estas señales y siguió adelante con la perforación, porque el proyecto ya iba con retraso.

Aunque no podemos evitar todos los riesgos evitables, sí que podemos intentar minimizarlos. Evitar todos los riesgos evitables implicaría la perfección y eso no es posible en ninguna empresa. La dirección ha de asumir que siempre se cometen errores, lo importante es poner los medios para cometer los menos posibles. ¿Qué se puede hacer para evitar los riesgos evitables? Principalmente, dos cosas.

En primer lugar, se pueden diseñar protocolos de actuación. Es recomendable protocolizar todo lo que sea posible, para no dejar nada previsible en manos de la improvisación. Si se fijan unas reglas y se respetan, se evitarán muchas desavenencias. En la empresa familiar, contar con un protocolo familiar puede evitar muchos problemas. En ese documento se suelen explicitar la estructura y los órganos de gobierno, tanto empresariales como familiares, y también otros aspectos críticos como el proceso de transmisión de la propiedad, la política de dividendos, las normas de incorporación de las siguientes generaciones al negocio, etc.

Pero, por supuesto, no todo en la empresa se puede protocolizar. Siempre surgirán situaciones inesperadas y asuntos nuevos que habrá que abordar sobre la marcha con iniciativa, sentido común y profesionalidad. Enfrentarse a lo inesperado también forma parte de la tarea de dirigir. Conviene, eso sí, tener muy claras las líneas rojas que no se pueden traspasar.

Es importante conocer cuál es la misión de la empresa y cómo crea valor para sus stakeholders. A partir de ahí se deben establecer las líneas rojas que impedirán que se actúe en contra de la misión establecida. Todo directivo, ante una situación imprevista, necesita tener suficiente autonomía en determinados ámbitos para actuar según considere oportuno según sus criterios, pero sin cruzar ninguna de esas líneas rojas previamente definidas.

Estas líneas rojas han de ser pocas, muy claras y de obligado cumplimiento. Los directivos han de ser ejemplares a la hora de cumplir y aplicar estas normas, y se debe sancionar a quien se las salte, pues de lo contrario serán papel mojado y carecerán de utilidad.

Estas líneas rojas son acciones que no son admisibles bajo ningún concepto porque ponen en peligro a la empresa, y pueden ir desde criterios de seguridad hasta actuaciones que vulneren derechos de terceros. Por ejemplo, la consultora McKinsey prohíbe a sus socios hablar con nadie de los temas de sus clientes, ni siquiera con su familia. Esta política se estableció tras una filtración de información que puso en peligro una fusión.

Cada empresa familiar debe definir sus normas internas en función de su misión, siempre con la vista puesta en el largo plazo y en el legado que desea traspasar de generación en generación.

En el próximo artículo veremos qué son los riesgos estratégicos y cómo abordarlos.

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