Bergé: cinco generaciones mirando al futuro

150 años de iniciativa emprendedora

Salvador Bautista se incorporó a Bergé y Compañía en 2006. Unos meses antes, su tío Pedro Enciso le planteó por primera vez la idea de incorporarse a la empresa familiar. En aquel momento, Salvador trabajaba como abogado en uno de los tres despachos más importantes de España y la empresa familiar era un concepto bonito pero lejano. Pero desde el primer minuto, Salvador tuvo claro que aceptaría la oportunidad que le brindaba su tío. En este artículo, explica en primera persona cómo vivió los primeros años, reflexiona sobre la importancia que tienen los valores y nos cuenta cómo afrontan el futuro en esta empresa familiar de quinta generación.

Por Salvador Bautista, Secretario General y del Consejo en Bergé y Compañía

Cuando, a finales del año 2005, mi tío Pedro Enciso me planteó por primera vez la posibilidad de incorporarme a Bergé, no fui del todo consciente del giro que iba a dar mi vida. Hasta entonces, yo era un abogado que trabajaba en uno de los tres despachos más importantes de España y mis aspiraciones profesionales estaban alineadas con esa realidad. La empresa familiar era, para mí, un concepto sin duda bonito, pero también vago y lejano, y que, desde luego, para nada entraba en mis planes.

Con esos mimbres, quizá es comprensible que Pedro creyese que iba a rechazar la posibilidad que me ofrecía. Pero, desde el primer minuto, ni se me pasó por la cabeza. Creo que es la primera vez que percibí el poder de la empresa familiar: la fuerza con la que te llama, aun sin conocerla mucho, aunque suponga dar un paso hacia lo desconocido. Comprendí el riesgo y la incertidumbre, pero también la oportunidad y la aventura, y, sobre todo, intuí que aquél era un tren al que tenía que subirme justo en ese momento. El hecho de poder trabajar con Pedro, todo hay que decirlo, también me ayudó a decidirme: con gente como él iría al fin del mundo.

“Cuando empecé en Bergé, pregunté varias veces por nuestros valores y siempre me respondían: no preguntes por ellos, que ya los verás por ti mismo. Los valores hay que vivirlos.”

Así, me incorporé a Bergé y Compañía el 21 de febrero de 2006. Allí tuve la ocasión de conocer a Jaime Gorbeña, que acababa de ser nombrado presidente ejecutivo. Bajo su liderazgo, la compañía afrontaba un proceso de transformación ilusionante. Pronto las cosas se complicarían: al margen de nuestros propios problemas, la crisis financiera mundial que se inició en 2008 nos golpeó con dureza. Fue en ese contexto, justo en mitad de la que parecía la tormenta perfecta, cuando distinguí por primera vez los valores de mi empresa familiar.

La importancia de los valores

Cuando empecé en Bergé, de vez en cuando preguntaba por nuestros valores. Y varias veces recibí la misma respuesta: no preguntes por ellos, que ya los verás por ti mismo. Los valores hay que vivirlos. Bastantes años después los hemos puesto por escrito y ha sido como fruto de un consenso espontáneo entre muchas personas que, efectivamente, los habíamos vivido.

Pues bien, todos esos valores brillaron en los momentos más oscuros, cuando más los necesitábamos. El equipo, remando todos a una, como en una trainera. La experiencia, el legado que recibimos de nuestros predecesores. La iniciativa, el espíritu emprendedor que alienta a cada generación de la empresa e impulsa las decisiones estratégicas que cada momento requiere. Y, finalmente, el compromiso y la palabra.  Este último merece un comentario: se trata, nada más y nada menos, que de ser responsables, creíbles y coherentes; de intentar hacer siempre, lógicamente dentro de nuestras posibilidades, lo que dijimos que íbamos a hacer. En los tiempos de crisis, es éste el valor que más se pone a prueba entre, por un lado, las tentaciones oportunistas y, por otro, la expectativa de los que esperan de ti más de lo que nunca te comprometiste a dar.

“Nuestros valores brillaron en los momentos más oscuros, cuando más los necesitábamos. El equipo, remando todos a una, como en una trainera.”

Con gran esfuerzo y audacia, tratando de no perder el rumbo marcado por nuestros valores, superamos esa crisis, y hoy, con el liderazgo de Jaime, reflexionamos sobre el Bergé del mañana.

Una empresa emprendedora

Fundada en Bilbao en 1870 por tres socios, uno de los cuales era mi tatarabuelo Ramón Bergé Guardamino –soy, por lo tanto, parte de la quinta generación de accionistas–, Bergé y Compañía pasó de ser una pequeña consignataria en el Puerto de Bilbao a convertirse en una compañía que, en 2019, facturó más de 2.800 millones de euros, con cerca de cuatro mil empleados y presencia en quince países. Después de una época de gran diversificación, hoy aparece centrada fundamentalmente en dos áreas: Bergé, el negocio logístico y portuario que es heredero de nuestra actividad original; y Bergé Automoción, uno de los distribuidores de automóviles líderes en Europa e Iberoamérica.

Ahora afrontamos un nuevo cambio, adaptando nuestra organización para que nuestros negocios tengan una identidad diferenciada y mayor autonomía en la ejecución de sus estrategias, y así favorecer su crecimiento. Ello incluirá, entre otras cuestiones, alianzas con socios estratégicos, como las ya alcanzadas con Mitsubishi Corporation, que participa en el capital de Bergé Automoción, o con Gefco, con quien Bergé ha constituido una joint venture que es líder en la logística de vehículos en España.

“En Bergé siempre miramos al futuro, también como empresa familiar. Todo lo hacemos pensando en enriquecer el legado recibido, en agregarle el fruto de nuestro propio impulso emprendedor.”

En esta estructura, Bergé y Compañía pasará a desempeñar un papel activo de accionista e inversor, centrándonos en el gobierno y la supervisión de nuestros negocios y redoblando nuestros esfuerzos emprendedores, en la búsqueda de nuevas oportunidades.  

150 aniversario y retos de futuro

2020 ha sido un año agridulce. Bergé y Compañía ha cumplido ciento cincuenta años, un hito notable, y sin embargo la pandemia provocada por el Covid-19 nos ha impedido celebrarlo y, más aún, ha generado un marco de inestabilidad y crisis, alejando de nosotros cualquier ánimo festivo. Pero, a lo largo de las generaciones, la compañía ya ha vivido, entre otros muchos avatares, dos guerras mundiales, la pandemia de la mal llamada gripe española, una guerra civil y graves crisis financieras, y de todas ellas ha salido reforzada y mirando al futuro.     

En 2021 cumpliré quince años en la compañía. Bergé se convierte así en el sitio en el que más tiempo he pasado en mi vida, superando a mi colegio, donde estuve catorce. También cumpliré cuarenta años. Así que, como una adecuada metáfora, a un año simbólico le sigue otro que lo es tanto o más, del mismo modo en que se encadenan los proyectos, y así se renueva la ilusión mientras la compañía y las personas que la formamos nos reinventamos una y otra vez.

En Bergé siempre miramos al futuro, también como empresa familiar. No puede ser de otra forma: desde pequeños nos han enseñado que las acciones de la empresa se reciben en herencia de los padres y se toman en usufructo de los hijos. Así, todo lo hacemos pensando en enriquecer el legado recibido, en agregarle el fruto de nuestro propio impulso emprendedor; para que el día en que, parafraseando a Kennedy, constatemos que la antorcha ha pasado a una nueva generación de accionistas, podamos decir con orgullo que les dejamos un Bergé mejor que el que recibimos.

“Desde pequeños nos han enseñado que las acciones de la empresa se reciben en herencia de los padres y se toman en usufructo de los hijos.”

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